» El desengaño de Zátaro


Tres figuras fantasmales surgieron entre la niebla cubiertos con sus capas de vaqueru.

Abrumados bajo el peso del cuévano caminaban en silencio, uno tras otro, soportando con indolencia la mojadura de la persistente lluvia.

Abría paso el más viejo: Anselmo Cobo Abascal, motejado “Calafríos”, pues así se llamaba el sel en donde tenía su cabaña vividora.

Le seguían el paso sus dos hijos. Isidro, escuchimizado, narigudo, cetrino de piel y sin varios dientes, apodado “Zátaro”, y Balbino, un mozo alto, de pescuezo largo y pelo taheño, que llevaba un enorme cuévano coberteru a la espalda, y en la mano un largo palanco de avellano blanco, herrado con tachuelas.

Los tres llevaban botas de goma negra, cuarteadas por el uso, que, como nacidas de su propia carne, calzaban a diario durante todo el año.

El suelo, empapado, rezumaba el agua de sus pisadas. Descendían por una pindia loma de hierba, escajos y piedras amusgadas por el exceso de humedad, cuando Calafríos, de pronto, hizo una seña a sus hijos y se detuvo. En un bosquecillo de abedules y fresnos, cerca de la calleja que subía de San Roque, aparecieron encapotados, una pareja de la Guardia Civil que los dio el alto.

 

-¡Corri! ¡Tira pa bajo! – le dijo en voz baja a Balbino.

 

A la indicación de su padre, Balbino, con la destreza de una rámila, valiéndose del palanco, se descolgó por un barranco cercano con el pesado fardo de mercancía que llevaba en el cuévano y despareció entre la niebla.

 

 -¿Y el otro? ¿No eran tres? –preguntó uno de los guardias civiles cuando se acercaron.

 

Padre e hijo se hicieron los sordos y se quedaron mirando a los guardias civiles con la misma cara de perplejidad y simpleza con que miran las vacas.

 

– ¿De dónde son?

– Del barriu La Pedrosa.

– ¿Y a dónde van?

– A onde nos lleva el caminu: al barriu La Pedrosa –contestó Calafríos.

– ¡Al suelo los cuévanos! –ordenó el guardia irritado por el desdén de los pasiegos. Vamos a ver que llevan ahí escondido.

– Mire usté, señor cevil. Tengo las rodillas de la manu entumecías de friu y no puedo ni abrir el puño –respondió Calafríos mientras sujetaba fuertemente las brazaleras mojadas del cuévano sin intención de descargarlo.

– ¿No han oído? ¡Al suelo los cuévanos o se vienen al cuartel! –gritó el otro guardia echando mano del máuser.

 

Los cuévanos llevaban una carga miserable. El viejo transportaba coloños de árgomas y de brezos para la lumbre, y su hijo, el esmirriado, un pesado cargamento de piedras trabaderas para reparar el colgaizo de la cabaña.

El pícaro pasiego, con su ingenio sutil y cautela de cabañero, entretuvo a los guardias lo suficiente para que a su hijo Balbino le diera tiempo a huir, llegar a la cabaña y esconder los alimentos de estraperlo: vino, aguardiente, azúcar, aceite y tabaco de picadura, que habían intercambiado por queso y manteca en el Portillo de Ocejo.

La vigilancia y las batidas de la Guardia Civil con el fin de aislar a los últimos emboscados del Miera, que andaban huidos por el Porracolina desde que acabó la guerra, eran constantes.

Aunque hacía tiempo, se había levantado el decreto de la evacuación de las cabañas y del ganado, y los pastores habían regresado con sus armentíos diezmados y famélicos a las branizas altas, la represión contra los aldeanos, sospechosos de traficar contrabando y de colaborar con los guerrilleros, continuaba intolerante y fanática.

Pero a pesar de la vigilancia férrea del ejército nacional, de los inspectores de abastos y de los registros diarios en las cabañas, los pasiegos como Calafríos y sus hijos, se las ingeniaban para elaborar y comerciar de estraperlo, queso, manteca y mantequilla, que transportaban a pie, en el cuévano, a través de los altos picales y las escarpadas guineas cubiertas por la niebla.

Anochecía cuando llegaron a la cabaña.

La rústica construcción, sobria, aislada y enigmática, con su tejado negro de losas de pizarra, se ocultaba anieblada bajo la lluvia  con el mismo hermetismo que sus moradores.

Mientras su padre y su hermano ordeñaban las vacas pintas, sacaban el estiércol y el orín de la entrecilera y limpiaban la mullida del ganado, Zátaro, derrengado por el acarreo de las piedras y calado de agua hasta los huesos, se acurrucó junto a la lumbre desatendiendo las labores de la cuadra.

 

– No es güeno tumbarse a la bartola –le dijo su madre que troceaba una torta de borona y llenaba de leche caliente los cuencos de madera.

 

Zátaro tuvo la desgracia de venir al mundo tres años antes de que comenzara la guerra civil. A sus dieciséis años había padecido hambre, enfermedades y toda clase de calamidades. Estaba harto de comer siempre torta, beber leche y dormir entre la paja del tascón; de bajar al valle y volver a subir; de subir a las brañizas de los puertos altos y volver a bajar, siempre cargado como un burro; de sufrir el acecho y los abusos de los guardias civiles y los soldados que vigilaban el monte. Pero sobre todo, estaba harto del cuévano, y eso, para un pasiego de San Roque, era algo así como renegar de su raza.

Zátaro nació en la cabaña rodeado de cuévanos y cestañas. Los primeros meses de su vida  los pasó enclaustrado en una cuévana. Después, desde que tenía uso de razón, recordaba haber llevado siempre, de forma perenne, adosado al costillar de su espalda un cuévano, como una prolongación natural de su cuerpo. De niño, el cuévano ligero de trascolar, y de mozo, los enormes romeralos y coberterus. Había transportado en ellos de todo: pajones, mijotes, rozo, moñiga, borujos de hierba, leña, piedras, patatas, panojas, perolas llenas de leche, quesos, utensilios de pastoreo y ordeño en las mudas, animales de cría… y todo lo inimaginable. Tenía los hombros derrengados y encallecidos a causa de los braziles.

Por eso, quería bajar a Torrelavega a trabajar en la pequeña industria familiar de helados y barquillos que su tío Aquilino Cobo Abascal, hermano de Calafríos, tenía en aquella ciudad. De esto ya había hablado en alguna ocasión con el viejo, pero este, con la pesadumbre de tener un hijo vago, salía siempre con evasivas.

Terminada la austera cena, la familia se calentaba a oscuras junto a la lumbre, aprovechando los últimos rescoldos. En un silencio sepulcral, solo perturbado por el rumor de la lluvia que caía sobre el tejado de la cabaña, Zátaro, firme en su propósito volvió a la carga.

 

– Padre. Dichu sea con licencia: estoy dándoli güeltas en bajarme a Torlavega donde el tiyu Quilino.

 

Calafríos enredaba con un paluco las cenizas y se hizo el desentendido.

Parcos en conversación, transcurrieron unos minutos sin que nadie dijera nada al respecto. Conteniendo a duras penas su impaciencia, Zátaro, receloso, se dirigió de nuevo a su padre.

 

– Con su permiso, quieru dirme a Torlavega.

– ¿A qué? –le preguntó Calafríos haciendo gala de su locuacidad.

– A buscarme un mejor acomodu.

– ¿Y no lo tiés aquí?

– Sí –respondió Zátaro con cautela. Pero…tengu la espalda rota y no puedo cargar con el cuévanu.

– Ya ti veo venir, so vaguciu. Pues…no te digu ni que sí, ni que no.

 

Su hermano y su madre seguían la conversación en silencio. Al fin, la mujeruca, huesuda y desdentada como Zátaro, con un pañuelo envolviendo el moño a lo cachirulo y los ojos llorosos por el humo, habló a su hijo.

 

– Con cuévanu o sin cuévanu, ningún perruciu engorda si se está quieteu o lambiéndose. ¿Ti vas a olor de las perras? Pues asegúrote que no hay ná mejor qui esta cabaña y estos praos pa ganar unas perrucas y vivir decoroso. Los que se marchan, güelven. Y tú, golverás –sentenció su madre.

 

Al salir a relucir el cuévano y los duros, Calafríos, iluminado por un chispazo de ingenio, al fin, cedió a las pretensiones de su hijo pequeño.

 

– No se hable más. Mañana mesmu te bajas a Torlavega. Esu si, con un mandao que llevarás a Quilino. Y el istipendio que ganes, se lo envías a tu madre ¿Oyisti?

 

De mañanuca, temprano, Calafríos subía de casa de Abel el Monchinu, tratante de ganado, que le había escrito el breve encargo para su hermano.

 

“Quilino: Ajuntu al mandao te va Zátaro, el chicuciu. Tiene ojeriza al cuévanu y quieri acomodasi en Torlavega. Que trabaje como un burru y cuando ti venga en gana le sueltas una mocarrá en las narices. Ténmelo bien acebillau al peal. El istipendio te lo quedas pa los gastos del puchero y posada del chicuciu y lo qui sobre, ya bajo y lo cojo ¿Me entiendes Quilino?”

 

Zátaro abandonó su tierra natal, sin otro bagaje que un curito de cuero con sus cosas y un enorme paraguas negro para guarecerse de la pertinaz lluvia.

Asomado a la balconada de la cabaña, Calafríos se quitó la pequeña boina y se rascó el cogote plano y calvo. El viejo, caviloso, guardaba silencio.

 

– ¡Tochu más que tochu! –le despedía su madre entre afecto y reproche.

– ¡Ullavá! –le voceó Balbino desde la puerta de la cuadra con el cuévano a la espalda.

– ¡Cuídame el palu! –le respondió Zátaro.

 

Zátaro subió por los prados mojados a través de un sinuoso sendero entre escajos hasta alcanzar el portillo divisorio de valles. Por un instante, la niebla volandera abrió una bocana en el cielo gris, dejando ver cientos de cabañas rústicas diseminadas por los verdes brañizales.

Por el barranco de Valamadera y el camino de Bustantegua, en poco menos de tres horas,  Zátaro llegó a Selaya. En este pueblo cogió el renqueante autobús de línea que lo llevó a Torrelavega.

El joven sanrocano llegó a Torrelavega con la intranquilidad y recelo que genera lo desconocido. Nada más apearse del destartalado “Buick”, dos policías de la secreta le pidieron su cédula de identificación y le registraron el saco de cuero.

Zátaro caminó desorientado por las calles en busca de la tienda de su tío. Este pueblo era mucho más grande de lo que había imaginado; mucho más que Selaya o Villacarriedo.

 

– Perdone usté ¿Me da razón de la heladería La Zapita? –preguntaba a los viandantes.

 

La gente miraba al pasiego con curiosidad. Su rústica y tosca indumentaria que despedía un intenso olorcillo a humo y a cuadra, y sus primitivas chátaras atadas con estuérdigas, llamaban la atención.

Cuando llegó a La Zapita, su tío lo recibió con asombro y desconfianza.

 

– No tenía razón de tu visita, sobrinu. Pero aquí vas a estar a pan y cuca; mejor que con las vacas –le dijo riéndose para sus adentros, después de leer la carta de Calafríos.

 

Siguiendo con cabal cumplimiento el encargo de su hermano, Aquilino puso de inmediato a trabajar a Zátaro en la elaboración artesanal de helados y barquillos.

Torrelavega resurgía lentamente del enfrentamiento civil, en una larga y penosa posguerra. Eran tiempos de escasez, racionamiento de alimentos y represión social. Aquilino regentaba su modesto negocio familiar de una manera miserable y egoísta.

La encomienda de su hermano le vino como anillo al dedo, y la llevó tan a rajatabla, que Zátaro llegó a pasar hambre y a echar en falta el mocizu y la torta de borona que, no hacía tanto tiempo, aborrecía. Su tío lo acechaba como una urraca, de tal manera, que  le resultaba imposible lamber los resquicios de crema de la caldereta, o comer los recortes de barquillo pegados en los moldes y los perindolus.

Zátaro pasaba los días recluido en el obrador. Amasaba, batía, limpiaba…y por las noches, dormía en un camastro en el propio obrador. Solamente salía a la calle para realizar tareas ingratas. Los jueves de mercado y los domingos de feria, Zátaro cargaba con una enorme e incómoda barquillera metálica, de color rojo y gualda, sujeta a la espalda con dos brazaderas de cuero como si fuera un voluminoso cuévano romeralo. Los días de romería, acudía a los pueblos de la comarca con el carro de helados, empujándolo y arrastrándolo por los cuestones de las callejas, como si fuera la angaría de acarrear el abono por los pindios prados cumbreros.

Ya fuera con el bombo barquillero o con el carro de helados, su tío, siempre detrás, lo seguía como su propia sombra, vigilándolo y velando por el negocio.

Zátaro barruntó que había cambiado de vida y de lugar, pero no de caparazón.

En Torrelavega las cosas no eran como las había imaginado. No vio las tiendas de los pasiegos acaudalados que prosperaban con sus negocios. La vida aquí, era difícil y complicada y la angustia del hambre y la necesidad se veía reflejada en el rostro pálido de la gente. Había más guardias civiles que en San Roque y, además, había también guardias municipales y policía secreta que coartaban la libertad. Las calles adoquinadas eran ruidosas y el tráfago de la ciudad, con  sus carruajes, vehículos a motor, destartaladas motocicletas y bicicletas que pululaban por las calles como gusarapas, le resultaba insoportable a sus oídos.

A los dos meses, harto de cargar con la barquillera que era, igual o peor que el cuévano, la voluntad de Zátaro fue desfalleciendo y una intensa melancolía se apoderó de él.

La voz antigua de la tierra lo llamaba. Echaba en falta las cresterías nevadas, los senderos del monte, el aire frío purificador, el cielo de la noche cuajado de estrellas, el verdor de los prados, los trajines con la hierba, el retinglar de los campanos, la lumbre de leña y el remanso apacible de la cabaña vividora. Echaba en falta, incluso, el cuévano.

Una mañana temprano, Zátaro habló con su tío.

 

– Tiyu Quilino. Con su permiso voy a dicili dos palabras.

– Pues tú dirás, sobrino.

– Dígoli que estoy jartu de esti pueblo, del bombo, del carru de helaos y, dichu sea con     licencia, de usté.

– ¿Qué mosca te ha picao? Le preguntó irritado su tío.

– Creo que se le está yendo la burra conmigo. Así que me güelvo pa San Roque agora mesmu. Por ná del mundo cambiaría mis gajucas, mi cuévanu y mi palo pintu.

– Eres un tontaina sin una miaja de entendimiento. Espérate que ti doy un recao pa Selmo y… si así lo quieres: ¡arreando! Aquí paz y en el cielu gloria.

“Selmo: Ahí te va Zátaro. Acaldau y descachizau. Asegúrote que le he molido el espinazu como me dijisti. Barrunto que esti te cuida las vacas y carga con el cuévanu hasta que finiquites de vieju. El chicuciu va como un butre, jarto de comer. Lo que me debes del istipendio, que no alcanzó, lo arreglamos cuando suba a La Pedrosa”.

 

Desengañado, Zátaro calzó los pulidos escarpines y las chátaras endurecidas de piel de chon, cogió el paraguas negro y el curito de cuero y regresó a su pueblo.

Ese mismo día, al atardecer, nada más trasponer el portillo de Valamadera, libre, dueño de sí, vio a lo lejos, en los brañizales, a Balbino con el cuévano a la espalda.

 

– ¡Ullavá! Gritó Zátaro rebosante de contento.

 

 

Armando Miguel Martín
2º PREMIO “II CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Pasiegos)

 

 


GLOSARIO (Léxico Cántabro)

 

Angaría: Especie de andas que usan los pasiegos para transportar a rastras el abono por los prados de fuerte pendiente.

Armentío: Conjunto de ganado, de toda especie.

Braniza o Brañiza: (Proviene de braña) Pasto o prado situado en los lugares altos de los puertos (DRAE).

Brazaleras: Asas del cuévano.

Bracil o Brazil: Brazales en el sentido de asa, por los cuales se meten los brazos para cargar a la espalda el cuévano.

Butre: Buitre.

Cabaña vividora: (Pas) Cabaña rudimentaria y tosca pero habilitada para vivir de una manera más cómoda, separando la cuadra (planta baja) de la habitación (piso superior).

Cachirulo: A lo cachirulo. Modo de atarse el pañuelo a la cabeza las pasiegas.

Capa de vaqueru: (Pas) Prenda de faena. Tosca capa de jerga cruda para abrigar la espalda, con caperuza de paño.

Cestaña: Cesto alargado y estrecho y de poco fondo que las pasiegas llevan sobre el cuévano cuando van a vender queso y manteca.

Colgaizo: Colgadizo. Pequeña cabaña a una sola agua, sin habitación, adosada a la cabaña vividora, destinada a la estabulación de ganado.

Cuévana: Cuévano niñero acondicionado para llevar a los niños en la lactancia.

Cuévano coberteru: Cuévano grande usado para traficar.

Cuévano de trascolar: Cuévano trajinante, oblongo, de uso habitual en las tareas agrícolas y pastoriles. Lleva las varas descortezadas.

Cuévano romeralo: Cuévano grande, redondo y cónico, achatado por su base, hecho con varas de avellano sin descortezar que sirve para transportar hierba.

Curito: Saco pequeño hecho de cuero en el que se suelen guardar los granos de maíz o harina.

Chátara: Calzado de cuero sin curtir que usan los pasiegos.

Chicuciu o Chicucio: (Pas) Diminutivo de chico o de mozo.

Descachizar: Romper, triturar, destrozar. Quitar el erizo de las castañas.

Entrecilera: (Pas) Canal, cuérrago o acil, por donde corre el orín y el estiércol líquido del ganado vacuno en la cuadra.

Estuérdiga: Tira de piel sin curtir que se usa para el cosido y atado de las corizas y chátaras.

Guinea: (Pas) Espinazo de una cordillera. Línea cumbrera de la cordillera en toda su longitud.

Mijote: (Proviene de mijo) Maíz en despectivo. Vara por donde se enroscan las alubias.

Mocizu: (Pas) Mocizo. Leche cruda recién ordeñada.

Moñiga: Boñiga. Excremento del ganado vacuno.

Mullida: Montón de rozo, paja y helechos que se hecha en la cuadra para cama del ganado vacuno.

Palanco: Palo largo y grueso de avellano descortezado, herrado con una argolla y un clavo, también llamado vela, de uso común por los pasiegos.

Pajones: También pajotes. Tallo alto y seco de la rastrojera del maíz.

Perindolu: (Pas) Perindolo. Pequeño molde cónico para hacer los barquillos.

Pical: Pico o cima de montaña.

Pindio: Pendiente. Inclinado. Empinado o de difícil andadura.

Rámila: Garduña. También comadreja (DRAE).

Retinglar: Resonar. Retiñir. Sonido vibrante del metal.

Sel: Voz toponímica muy antigua empleada en diferentes comarcas de Cantabria. En Pas, pradería limpia de maleza, acotada de piedras grandes, donde se recoge el ganado (DRAE).

Tascón: (Pas) Pajar.

¡Uyavá!: Interjección pasiega con el yeísmo característico. Grito que se emplea con el ganado, aunque su significado se entiende como: ¡Allá va!

Zapita: Vasija de madera, normalmente de abedul, que sirve para recoger la leche cuando se ordeña.

Zátaro: (Pas) En lenguaje figurado: chaparro, de poca altura. Frase: ¡Híspete, zátaro, que llevas albarcas!