» Los Valles del Silencio


La cabaña pasiega tiene amor y ternura;

es pequeña y humilde y dulce y maternal;

en un rincón del prado esconde su blancura

a la sombra amorosa del verde cajigal.

Fray Justo Pérez

 

Nunca conocí a mi abuelo, aunque mi madre me había hablado tantas veces de él y de estos valles pasiegos que era como si yo mismo hubiera vivido aquí. Por eso, cuando aquella tarde de finales de enero -mientras la nieve caía dulcemente empapando los recuerdos- mi madre me entregó aquella carta, supe que acabaría viniendo a este lugar.  

Llegué al pueblo arrastrando el cansancio de muchos días y con el inefable peso de una vieja historia en la memoria, dejándome invadir por la imponente luz que caía mansamente sobre los valles del Miera, del Pas y del Pisueña.

Aunque nunca había pisado este lugar sentí como si hubiera llegado a casa. La calma que reflejaba el paisaje se me clavó en el corazón como una saeta de paz que me dejó al borde del éxtasis. Me pareció escuchar el sonido ronco de los esquilones a lo lejos como una inesperada bienvenida.

En la soledad de los caminos sentí muchas veces la huella inevitable de otro tiempo habitando en cada aldea, en las ruinas de las cabañas, entre las sólidas piedras de los bodegos y cuvíos, entre el gris húmedo de los tejados de pizarra, entre el fresco rumor de los arroyos… Caminé entre frondosos bosques de hayedos y brezales hasta las cumbres de Castro Valnera, que cerraba por el norte la Vega de Pas y el Puerto de las Estacas de Trueba. Por el oeste se divisaban las suaves montañas que conducían al Puerto del Escudo.

Un paisaje montaraz de cajigales, hayedos y encinares crecía salvaje entre los farallones rocosos tiñendo al aire con el color de la nostalgia. Y sentí como si me asomara a un insólito abismo de armonía y belleza, donde aún se escuchaba el rumor paciente del ganado.

Cuando llegué a Vega de Pas lo primero que vi fue la iglesia. Dejé que mis pensamientos se arrastraran por la bóveda de crucería, por sus puertas de arco de medio punto, admirando su imponente espadaña, que se erigía soberbia como un lamento vertical. Había oído hablar tanto de aquel lugar…

Mi abuelo era nieto de un pastor que había llegado desde Espinosa de los Monteros hasta Vega de Pas a lomos de una mula vieja y testaruda, con las alforjas llenas de queso y embutidos, una bota de vino y muchas historias que contar y allí se había quedado para siempre. Sí, mi madre me había contado aquella historia muchas veces, aunque al final se le atragantaran las palabras igual que si tuviera en la boca un puñado de nueces. Quizás por eso quiso escribirme esta carta antes de que la niebla ingrata de la enfermedad y el tiempo borrara su memoria para siempre.

Antes de irse me hizo prometerle que vendría a estos valles pasiegos y que no abriría la carta hasta llegar aquí. Cumplí su voluntad.

Confieso que en algún momento -mientras caminaba bajo los hayedos de la Zamina, entre las peñas de Mirones o por los bosques de ribera que bordeaban el río Miera- pensé que nunca encontraría la vieja cabaña vividora en la que, según mi madre, pasaban los inviernos siendo ella niña. A pesar de que me había dado indicaciones muy precisas de su ubicación, creí que solo respondería a un lugar imaginario creado en su mente al calor de unos recuerdos enmarañados por los años y por una enfermedad que había borrado ya demasiadas cosas.

Sin embargo, después de cruzar ríos y caminar entre exuberantes prados verdes durante horas y horas, me asombré al llegar a una zona prácticamente inaccesible y divisar una cabaña devorada por la maleza, pero aún en pie. No me costó derribar la puerta.

Entré con el corazón encogido por la emoción y con la carta temblando entre mis manos. Aunque todo estaba muy oscuro, los tímidos rayos de sol que regalaba la mañana me permitieron ver el interior de la cabaña. Apenas había nada, salvo velortas, basnas, picachos y cajones de estercolar… Vestigios de otro tiempo que ahora me daban la bienvenida.

Me senté en una pequeña y tosca banqueta de madera y abrí la carta. Las primeras líneas hicieron que las lágrimas me nublaran la vista.

 

 

Querido hijo:

He querido escribirte esta carta antes de que la niebla incierta de esta enfermedad me borre la memoria para siempre, antes de que la mano implacable del tiempo destruya todos mis recuerdos. Quiero que sepas de dónde vienes, quiénes eran tus antepasados y, sobre todo, que te sientas orgulloso de pertenecer a una larga estirpe de pasiegos.

Ya sabes que siempre te he hablado de tu abuelo y de esos valles en los que nació y que acabaron por acoger sus huesos. También yo crecí en ese lugar, rodeada por la limpia luz de las mañanas y acunada al son de los esquilones dentro del cuévanu. Pronto aprendí a amar estos parajes verdes que veo cada vez que te miro, pues tus ojos han heredado tembién este color inolvidable.

¡Tengo tanto que contarte y tan poco tiempo! Puede que te preguntes por qué nunca volví a Vega de Pas si tanto amaba este lugar. No, no te lo reprocho. Solo quiero que sepas que algunas cosas duelen tanto que uno prefiere guardáselas en el corazón hasta que la muerte lo toca suavemente con su mano fría, queriendo llevarse también lo que está escondido en lo más hondo del alma. Por eso te escribo esta carta, porque no ha de llevarse los recuerdos que guardé para ti y que quiero salvar del vacío y  la nada.

Es verdad que te hablé muchas veces del abuelo, pero nunca te conté todo lo que pasó. Yo procedo de una familia pasiega, asentada en el valle de Pas, dedicada al ganado. Pasé mi niñez entre pastos y ríos; en verano en las zonas altas del valle, de donde bajábamos para pasar los fríos y húmedos meses del invierno.

Mi padre -tu abuelo- me enseñó a amar estas tierras por encima de todo y, aunque nunca fue a la escuela y no sabía leer ni escribir, era capaz de predecir el tiempo o la prosperidad de un año en las ásperas piedras de cada cabaña, en el silencio verde de los seles, en la rugosa corteza de las hayas, en la sombra alta de los árboles, en el rumor cristalino de los ríos… Aprendí todo eso, pero también lo que era el cariño, el respeto y el trabajo. Nunca le oí quejarse y su risa era como un torrente en primavera.

Una vez me preguntaste por la abuela y te dije que apenas la había conocido. No te mentí, pero tampoco te conté toda la verdad. Yo tenía tres años cuando mi madre se fue a Madrid a trabajar como ama de cría. Apenas la recuerdo.

Las noticias sobre ella eran escasas y muy espaciadas en el tiempo. Llegaban en boca de algún vecino que había ido a alguna feria y que se enteraba por otras familias que también tenían a alguien ganándose la vida en la capital.

– ¿Cuándo volverá madre? -le pregunté un día a tu abuelo.

Él se apoyó en el árbol que había al lado de nuestra cabaña y desvió sus ojos hacia el valle. Sus párpados parecían dos grises y pesados nubarrones anunciando tormenta.

– Tendremos que acostumbrarnos a vivir sin ella -fue todo lo que dijo.

Aquel día aprendí que el silencio en ese valle era más largo que el invierno y las losas de pizarra del tejado me parecieron como una tumba bajo el peso insoportable de la nieve.

Durante mucho tiempo odié a tu abuelo. Pensaba que no le importaba que mi madre estuviera lejos, que no la quería, que no tenía la valentía de ir a buscarla para seguir siendo la familia que éramos entonces. Quizás por esa razón, en cuando pude, tomé la decisión de irme de allí.

Cuando anuncié a tu abuelo mi voluntad de abandonar el valle un negro pesar cubrió sus ojos.. Aquélla fue la segunda vez que se le rompió el corazón.

El día de mi partida, tu abuelo estaba sentado bajo el viejo cajigal con la mirada clavada en el suelo como una raíz. Me acerqué a él y fue entonces cuando me entregó una carta. Le miré sin comprender, pues mi padre nunca supo escribir.

-Le pedí al cura de Valvanuz que la escribiera por mí -me dijo con la voz quebrada.

Cogí la carta y me despedí, dejándole al pie del árbol como una mancha oscura en el paisaje. Solo volví una vez al valle. Cuando él murió.

Si buscas encima de la puerta de la cabaña, en uno de los agujeros que hay entre las piedras hallarás aquella carta. La he guardado ahí para ti. Sé que a él le hubiera gustado.

Cuídate mucho, hijo, y no olvides nunca que tú también perteneces a esa tierra.

 

 

Me quedé unos segundos sin saber qué hacer ni qué pensar. Me resultaba todo tan asombroso… Busqué entre las piedras con mano temblorosa. Me palpitaba el corazón con una emoción incontrolable e insólita. Allí estaba la carta que mi abuelo le había dictado al párroco de Valvanuz para mi madre. Una breve carta que leí con ansiedad mientras el sol de la mañana lamía el valle.

Después, salí de la cabaña y miré a mi alrededor. Aquel lugar me había esperado con la misma paciencia con las que las vacas rumian el silencio en los valles.

Caminé despacio en medio de aquella soledad llena de recuerdos. Por primera vez, sentí que yo también era pasiego.

 

 

Hija mía, no quisiera que te fueras de aquí guardándome rencor, reprochándome cosas que no ocurrieron. Nunca quise contarte la verdad sobre tu madre para no hacerte daño, pero creo que ha llegado la hora de que sepas toda la verdad, aunque ello te cause una gran aflicción.

Tu madre conoció a otro hombre en Madrid. He vivido todos estos años con ese dolor dentro como una cuchillo. No la culpo ni se lo reprocho. ¡Aquí la vida era tan dura!

Te he dado lo mejor que he tenido y te he enseñado a amar estos valles por encima de todo. Esta es mi única herencia. Solo te pido una cosa: si algún día tienes hijos, háblales de este lugar, no dejes que el olvido borre su nombre y su luz.

Cuéntales cómo es aquí la vida, cómo huelen los brezos a sol y aire, cómo la lluvia empapa el corazón de la tierra haciéndola florecer en cada primavera, el tibio olor de las mañanas a leche recién ordeñada, lo dulce que es la nieve bajo el cielo de diciembre, cómo discurre el tiempo río abajo… Cuéntales que no cambiaría mi vida aquí por nada del mundo y que me siento profundamente orgulloso de ser un humilde pasiego. Quiero que entiendan que ser pasiego es mucho más que habitar estos valles. Cuéntales, hija.

…Y , sobre todo, diles que fui feliz aquí.

 

 

Marisa López Diz
1º PREMIO “II CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Pasiegos)