» Saria


He hecho mía esta tierra,

pues es el suelo que piso,

donde crío mis simientes,

donde exhalaré el último aliento.

T. M. de L.

 

Soy hija de la bruma y de la lluvia, heredera del corazón profundo de unos valles donde la hierba y el agua ejercen su dominio. Mis ojos vieron pasar los ciclos del tiempo, el escaso verano, la cruda sombra de los inviernos. En mis pies llevo el peso de la historia trashumante que dibuja su presente sobre la piedra y la pizarra, símbolos de un destino impuesto desde niña. Nunca supe -quizá no quise saber- cuáles eran los ritmos que marcaban los pasos del gran mundo: solo el alcance de mis ojos pequeños me bastaba para conocer dónde estaban los límites de la vida. Y así, me acostumbré a vivir en perpetuo cambio, como una nómada en busca de un destino incierto, un relato ambiguo donde hasta el bien y el mal quedaban marcados por el paso de las estaciones. A lo largo de mis años me llamaron celta, árabe, astur o semita. Poco me importaron tales ropajes, pues el rumbo de mi pueblo y el de mi propia existencia discurrieron siempre unidos al cauce fértil de un río y a su modo de vida. Desde los llanos, los otros nos empujaron a las montañas, a los valles estrechos, a un continuo peregrinar en pos de refugio y sustento. Y a pesar de ellos, de su distancia, de su desprecio, de sus chanzas y mohines, logramos sobrevivir. En la raíz de mi sangre descansa nuestra fuerza. Esta es mi historia.

Fui muchas mujeres y ninguna. Supe ser hija, novia, amante e incluso madre. Ejercí muchos oficios, emprendí nuevos caminos, dejé atrás muchos techos con la vista al frente. Renovera, trajinera, ganadera, sirvienta, nodriza… son algunos de los nombres por los que los otros me conocieron. Aunque hubo bastantes más, os lo aseguro. Del amor poco os contaré todavía, pues el recuerdo aún duele y habita cetrino entre las sombras. Solo adelantaré que quise y que me quisieron, que aprendí a compartir mis días con un cuerpo distinto al mío, que en definitiva no hay mayor ni más intrépida brújula que la que el amor impone a la vida. O quizás a la muerte.

 

*                      *                      *

 

Saria.

Así me llaman en la Vega desde que tengo uso de razón, aunque en la iglesia el cura escribiera “Cesárea” con pompa y tinta inglesa. De cría nunca tuve más letras que las que aprendí con don Leoncio en los ratos que pude ir a la escuela: en invierno, mudábamos por los cierros de cabaña en cabaña; y en verano, los días de hierba y sudor agotaban nuestro tiempo. Todo era trabajar y ayudar en casa, desde sacar la leche a natar en la posadera hasta volver abajo a ordeñar, o a remendar las pobres ropas que nos cubrían. Menos los días de mercado. Entonces, madre sacaba el vestido bueno y bajaba a trocar leche por borona y otros lambiques. Cómo no recordar ahora aquel aroma, aquella masa humeante de maíz empapándose en la leche… Son cosas que una no olvida.

La memoria se me enturbia como la bruma al tratar de recordar aquel tiempo tan distinto, pero una cosa sí sé bien: mi vida cambió en el verano de 1894. Por el pueblo corría un trajín incesante de canteros y albañiles, pues faltaban pocas semanas para inaugurar el nuevo sanatorio. El doctor Madrazo, que había estudiado en Francia y Alemania, se desvivía en cada detalle de la obra y en la cantina de la plaza se cruzaban apuestas por ver quién se aproximaba más a la fecha de apertura. Yo era solo una muchacha triste, ajena a los problemas del mundo, y rara vez pisaba aquellas calles si no era para ir a la escuela o para acompañar a madre hasta la iglesia. Sin embargo,  en toda casa hay una excepción, y en la mía se hacía con la fiesta de Nuestra Señora, a comienzos de septiembre. Ese día padre madrugaba y bajaba pronto con el ganáu a la feria de año mientras madre nos ponía la ropa de fondo de baúl y luego nos peinaba con mimo. Después de misa, marchábamos todos en procesión. La encabezaba como de costumbre el señor párroco, seguido de otros curas, de las autoridades y del doctor Madrazo y sus compañeros, muchos de ellos venidos de fuera para la ocasión.

– “Pocu li queda ya a esta chicurcia pa mocear, cualquier día vienin a pidítela”, recuerdo que le dijo a madre un hombrón, de vuelta hacia el templo. No le faltaba razón. En aquellos meses de verano mi cuerpo cambiaba cada día y una no acertaba muy bien a tomar acomodo ante tanto mareo. En poco tiempo me había hecho mujer: la maldición llegaba puntual con cada cambio de luna y las sisas del vestido cedían ante el avance del pecho. Hasta las señoras forasteras me miraban. Madre no era ajena a la nueva situación y a veces, mientras tendía la ropa en la solanera, me miraba de soslayo y un gesto pensativo le arrugaba la frente. Pronto descubriría que mi futuro iba ser muy distinto.

Al día siguiente de la fiesta, uno de los doctores que seguían la procesión junto a su mujer mandó a buscar a padre a la cabecera. No tardamos mucho en bajar de vuelta a la Vega. Allí, Padre pasó largo rato conversando con el médico en la trastienda de la cantina mientras nosotras aguardábamos afuera, escarbando nerviosas el suelo con la punta de las chátaras. Solo hubo silencio esa noche en la cabaña. Un día después, vestida con el traje bueno de madre y un solitario hatillo bajo el brazo, salía del valle en coche de caballos junto a don Juan José y su esposa, rumbo a Santander.

Cómo, con qué servidumbre, de qué secreta manera puede una encontrar las palabras que describan lo que vieron mis ojos al llegar a la ciudad, ay, aquel lugar donde el tiempo discurría deprisa y los vapores y catenarias marcaban el ritmo de la vida. Podría describiros el lujo de las casas, la porcelana de sus baños, los paseos por el muelle, las tardes de lectura con mi señora… pero nada hay en ninguna urbe del mundo que pueda igualarse al hallazgo del primer amor.

Lo conocí un domingo de marzo, a pocos días de comenzar la Semana Santa. Yo solía subir al tranvía en la calle del Martillo antes de la cena. Procuraba ser discreta y hablar lo justo, pero no caí en mi hábito de sentarme siempre junto a la ventana. Así, tarde tras tarde, él esperaba impaciente el paso del tranvía para poder verme. Un día hizo acopio de coraje, aflojó los cuartos al cobrador y vino a sentarse a mi lado. Se llamaba Justo. Era forastero, cetrino, y vestía ropas de buen paño. Cada tarde me revelaba algún detalle de su estancia en Santander. Que si los barquilleros, que si las castañeras, que si los barcos del muelle, pero nunca hablaba de sus quehaceres y eso me inquietaba, hasta que una tarde me llevó a la puerta de la catedral y me pidió que aguardara. En pocos minutos, del órgano del coro comenzaron a brotar melodías barrocas que llenaban todo el templo. Entré despacio y miré hacia arriba: allí estaba él, sentado frente a aquel amasijo de teclas y tubos dorados. Al verme, bajó y me confesó que había llegado desde San Sebastián para reparar el órgano de la catedral. ¡Qué hombre! Cuando hablaba de su música, parecía que los ojos se le iban de este mundo, pero el brillo de aquella mirada me llevaba en volandas cada noche de vuelta a casa. Aunque aquello no iba a ser para siempre.

Llegó la fiesta de Santiago y con ella las noches largas, el calor, los bailes… Ya hacía tiempo que habían llegado los tubos que faltaban para el órgano y la misa mayor había sonado majestuosa en las manos del organista oficial, así que poco trabajo quedaba para Justo, que malvivía aporreando el piano por los cafés concierto a la espera de un nuevo destino. Aquella noche la señora me dio permiso especial: era el día grande en Santander y el ambiente bohemio de las calles me desconcertaba y atraía a partes iguales. Ese día, como decía Felipe, no había reloj que nos marcara los pasos, los valses, los copetines, las charlas fáciles de salón donde la risa y el gesto frívolo eran moneda común junto a la barra.

No me importa confesar que me costó poco entregarme a sus brazos. Fue mi primer hombre, y el único. Se hizo tarde con tanta fiesta y las sombras discretas de los faroles fundidos ayudaron en nuestro avance clandestino hacia el hostal. Un traspiés, una risilla tonta, un crujir de maderas apolilladas y el tintineo de las llaves compusieron la opereta en un solo acto que me condujo a su cama. Y una vez allí, las prisas, el desconcierto, los vaivenes, su último estertor que lo arrojó rendido sobre mi pecho. ¡Qué sabía yo entonces del mundo y de sus embates! La fatiga de un sueño profundo invadió nuestras bocas y al fin nos postró, desnudos sobre las sábanas.

Me sorprendió no encontrarlo junto a mí a la mañana siguiente. La patrona del hostal, tras mirarme con muy malos ojos, me aseguró que él ya se había marchado a primera hora sin despedirse y que el importe de las dormidas del último mes las había dejado también a cuenta. Pocos momentos más tristes que el abandono pueden existir en la vida de una mujer. No dejó señas, ni una triste nota, ni volvió a aparecer nunca más en la ruta del tranvía. Y a partir de ahí, la soledad de las tardes junto a la ventana y una comezón desconocida que empezaba a rugir en mi vientre. No pasó más de un mes hasta que mis peores sospechas se tornaron absoluta certeza: esperaba un hijo de un padre que nunca volvería. Al principio, las sobrefaldas del traje y las abundantes cenas que me daban los señores me sirvieron como excusa pero no hay disfraz que logre encubrir el paso inexorable de la vida. Tuve que confesar y a los pocos días me encontré de vuelta en la Vega, sin más compañía que mi pobre hatillo y una tristeza en el alma que me duraría el resto de mi vida.

Cómo explicarle a padre los motivos de mi repudio, cómo evitar las miradas hacia el ancho de mi cintura, cómo soportar la clausura… Largos se hicieron los meses, encerrada en la cabaña, pues desde la oscuridad del jergón aquella vida se tornaba más dura todavía. Con la llegada del buen tiempo, hubo que mudar a la cabaña del puerto, donde había mejores pastos. Algo dentro de mí se rebelaba a cada paso que daba montaña arriba. No restaba mucho tiempo para el parto y el peso del vientre me vencía hacia adelante. Llegué como pude hasta la casa, con las fuerzas justas para postrarme sobre la hierba seca y abandonarme al abrazo del sueño. Al día siguiente era domingo, día de mercado en la Vega, y en mis sueños madre volvía con la borona reciente sobre el cuévano, con aquel aroma que todo lo impregnaba… Luego desperté con los brillos del mediodía. Tuve miedo. No había nadie en la cabaña y algo pugnaba con fuerza dentro de mí, abriéndose paso entre tanta soledad.

Cuando padre llegó con el médico, ya fue demasiado tarde. El bebé venía en mala postura, con los pies hacia abajo y no había manera de colocarlo. Las fuerzas me abandonaban con cada contracción y no existía el conjuro capaz de mitigar tanto dolor. No pasó mucho tiempo hasta que el corazón dejo de latir para siempre. En mis últimos recuerdos se dibuja la mirada de padre asintiendo y el fulgor metálico del bisturí surcando mi pelvis inerte, dando vía libre a un nuevo corazón abierto al mundo.

 

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Morir para dar vida, qué paradoja tan triste… Fui y seré muchas mujeres, pues la costumbre me enseñó que ese es el sino que acompaña a las hembras de mi estirpe. Mis ojos pequeños no pueden ni alcanzan ya a vislumbrar el futuro o los límites de la existencia, quizá porque ahora son signos borrosos de un territorio que una vez fue símbolo de vida y de lucha contra el mundo. Con el tiempo aprendí que no existe mayor fuerza que el amor, ni tampoco mayor tragedia. Mis entrañas fueron testigo en esta obra de un único acto. Ojalá las brújulas del nuevo tiempo acierten a marcar el rumbo de mi pueblo, siempre condenado al cambio, a la vida en precario, a vuestro rechazo… Solo sé que con el paso de las estaciones supe hacer mía esta tierra que piso, este suelo donde pervive mi simiente, donde exhalé mi último aliento al abrigo de la bruma. En la raíz de mi sangre descansa nuestra fuerza. Esta es mi historia.

 

Carlos Ealo López
3º PREMIO “II CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Pasiegos)