» Los garbanzos de la Nieves


Cuando la abuela se levantó aún no había amanecido. Esa noche había caído la primera helada inclemente de la otoñada y la casa estaba gélida. Rápidamente encendió la lumbre con árgomas secas y astillas de carrasca, colocó un travesero de encina para aguantar las brasas y pasó la trapera por el suelo de la cocina.

A pesar de su avanzada edad, Luz era una mujer muy emperejilá, como decía su nuera Nieves.

Toda la familia almorzó temprano un tazón de leche con sopas de pan y los hombres tomaron la parva de orujo y galletas.

Hoy era lunes, día de mercado en Potes, y había muchas cosas que hacer. El marido de Luz, Leandro Lamadrid Soberón, lebaniego de pura cepa, no se quedaba a la zaga. El viejo, entre toses y carraspeos, con un deforme cigarro pegado al labio, acaldaba la cuadra, retiraba el estiércol con el chujarro y echaba por el boquillón la hoja de fresno a las vacas.

Su hijo Sidoro y Nieves, la mujer de éste, cargaban en el cobertizo los cenachos del mulo con las mercaderías que iban a bajar a Potes: un cestaño repleto de manzanas, otro de nueces y castañas, unas botellucas de aguardiente de orujo para encargos, tarros de miel de brezo y un fardel de garbanzos.

Sidoro poseía los mejores dujos del pueblo y su miel tenía buena venta en el mercado. Pero los garbanzos que Nieves plantaba con esmero en abril y cosechaba en agosto en un pequeño huerto de solana, se los quitaban de las manos. Algo tenía aquel huerto, o la mano primorosa de Nieves, que daba unos garbanzos pequeñitos, pálidos y mantecosos que daba gloria comerlos.

La aldea de Costibarro tenía poco más de diez vecinos. Las vetustas casas de piedra con entramados de adobe y vigas de madera alabeada, se apilaban escalonadas entre las callejas estrechas y tortuosas con las viejas corraladas, los corredores y solanas en donde pendían ristras de cebollas y secaban las nueces, los bargaretos de sietos de avellano repletos de paja, y los cobertizos con leña de encina chaparra apilada a la espera del rigor del invierno. Diseminados alrededor del pueblo, cercados de paredes de piedra cubiertos de bardas, ortigas y cardos mustios, había modestos huertos con manzanos, piescales, ciruelos, cerezos y otros frutales. Lindando casi con el monte de encinas y robles, en un pindio repliegue del terreno rodeado de espineras y brezos, se extendían pequeñas ringleras de viñas, peladas y amarillentas, despojadas de sus racimos.

Nieves escogió de nuevo los garbanzos para cerciorarse que no tenían salugas ni cocos. Los garbanzos eran un mandado del boticario de Potes y Nieves quería entregarlos inmaculadamente limpios.

Leandro, excepto la boina negra desgastada y descolorida por el sol, se cambió la ropa de remiendos por la chaqueta y el pantalón de pana de los festivos y apañó la picorra.

 

─ Ya está to ahechu. Así que… najando. ¿Entovía no estáis? –atosigaba el viejo.

─¡Sidoru! ¿Qué tejemaneje te traes en la bodega? ¡Anda! ¡Alpargatea que nos vamos! –le gritó Nieves con su voz chillona.

 

Sidoro buscaba en la bodega un par de botellas de orujo, de “las de casa”, para resarcir al guarda del monte, “por un quítame allá esas pajas”, provocado por la corza que había matado a la entrada del pueblo.

La bodega era un habitáculo oscuro contiguo al estragal de la casa, con el suelo terroso y de lastras, que olía a vinagre y manzana fresca, lleno de telarañas y de cachivaches: cestaños, terruros, maconas, pocetas, garrafones, embudos de latón, botellas, sacos y aperos de vendimiar. En una vieja tina de castaño cubierta con mantas fermentaba el vino recién vendimiado. Varios carrales de roble esperaban el trasiego del caldo. Y en un rincón, una alquitara de cobre junto a la que se apilaban hollejos y raspones para elaborar el bruju, destellaba brillos metálicos en la penumbra de la bodega.

El sol todavía no había llegado a las casas de Costibarro y de las chimeneas se desprendía perezosamente el humo azulado y espeso de las lumbres.

 

─¡Cojorbas! ¡Vaya pelona que ha caídu! Está to blancu -renegaba Leandro frotándose las manos teñidas por el macio de las nueces- ¿Arrancamos o qué?

 

Sidoro metió apresuradamente las botellas de orujo en el cenacho, agarró al mulo de las riendas y con las mismas echó a andar.

 

─¡Nieves! ¡Apúrreme el palu!

 

Luz le dio a su nuera la zurrona con cecina, torto de chorizo y tocino y frisuelos con miel que había preparado para comer. Con un deseo y una impaciencia incontenible, que se manifestaba hasta en el mulo, iniciaron la caminata hacia Potes que los llevaría cerca de dos horas.

Bajo unos nogales de quimas robustas cogieron el camino corto por la cambera del monte, siguiendo el curso del río Bullón.

La abuela y su nieto Nelín se quedaron atendiendo las labores de la casa: preparar la lavaza de los chones, a los que poco los quedaba para el matacío, limpiar el gallinero de las pedresas, sacar del redil la recilla de cabras y ovejas para llevarlas a la campiza y recoger leña.

En la andadura hacia Potes se iban juntando vecinos de otros pueblos con sus monturas y carros llenos de mercaderías, que también bajaban al mercado como si de una peregrinación se tratara; casi todos parientes comunes, parientes de sangre que compartían los mismos apellidos de antiguo origen lebaniego. Todos ellos venían de aldeas silenciosas, desperdigadas y escondidas.

Bajar al mercado era una costumbre casi ancestral, arraigada a los habitantes de Liébana. Aunque no tuvieran nada que hacer, nada que comprar o nada que vender, acudían al mercado para ver y oír diferente a lo que veían y oían todos los días; para reconfortarse con el ruido y la aglomeración del gentío y disfrutar de la emoción de las cosas humildes.

En la umbría cambera oculta entre la vegetación, la hojarasca amustiada y los helechos agostados, aplastados por las caballerías y carros, desprendían aromas amargos y enmohecidos de monte.

A medida que se acercaban a Potes salieron a las praderas abiertas y el sol iluminó y limpió la atmósfera de la mañana otoñal. El esplendor de los bosques de hayas, robles y abedules de hojas de encendidos tonos bermejos y amarillos, resaltaba entre el verde oscuro de los abetos y acebos. Contrastaba con esta vegetación la desnudez de la caliza, casi absoluta, del macizo de Silla Caballo que se vislumbraba a lo lejos, desafiante, imponente y majestuoso tapiando el horizonte.

La presencia del cercano monte Viorna indicaba que ya estaban cerca de Potes.

Mientras, en Costibarro, surgió un imprevisto.

 

─¡Por los clavos de Cristu! –exclamó Luz espantada al ver el saco de garbanzos en el poyo de la puerta.

 

Con las prisas del viejo olvidaron los garbanzos que el boticario había encargado a Nieves. El boticario tenía un compromiso con varios colegas farmacéuticos de la capital que, mañana martes, iban a degustar un cocido lebaniego elaborado a su capricho con los garbanzos de Nieves que tanto ponderaba.

 

─¡Ay la mi Santuca! Barruntu que estos ya están en el mercau. ¡Nelín! Anda, apurre la bici de güelu y tira a to ciscu pa Potes.

 

¡Qué más quería Nelín! Ligero como un esquilo ató con un jareto el fardel de garbanzos en el soporte trasero de la bicicleta y salió pedaleando con sus corizas atadas con cuerdas. La bicicleta de Leandro era un obsoleto y pesado armatoste del antiguo batallón Velocipedista de Ferrocarriles que compró a un chatarrero vizcaíno.

Bajo la soleja del mediodía, Nelín descendía por la serpenteante carretera del puerto pedaleando “a tumba abierta”. En cada revuelta, en cada curva de la carretera, oía como los neumáticos de la bicicleta, con el ímpetu de su pedaleo, derrapaban y hacían saltar y brincar las piedrecillas del suelo. Nelín pasó, sin parar, como una exhalación por la peña de Esgobio, por el apeadero de burros de Puente-Asnil y por el puente de Ojedo, camino de Potes.

Entretanto, Sidoro, Nieves y Leandro, llegaron a la “Villa de los Puentes” en donde confluían los caminos y los ríos de los valles lebaniegos. A través del puente de San Cayetano por el que transitaban burros, caballos, carros y carretas tirados por parejas de bueyes y de tudancas, accedieron a la campa del mercado.

Había un sinfín de puestos con los vendedores ofreciendo su género: orujeros con sus recios aguardientes de orujo; vinateros con sus cántaras de vino de yema y de tostadillo; manzaneros con su variedad de minganas, reinetas, repinaldos y sidra de escanciar; mieleros con sus tarros de cera, jalea real y miel de brezo y encina; chacineros con sus boronos, cecinas, adobos y embutidos; panaderos con sus boronas y tortas de pan de hogaza; renoveras con sus cestos de mimbre repletos de legumbres, hortalizas, patatas, nueces, manzanas, ristras de cebollas rojas, ajos y ramilletes de té del puerto. Y entre aquella mezcolanza de olores, destacaban los puestos de los queseros con sus quesos picones, ahumados, de cabra y quesucos frescos.

Otra parte de la campa la ocupaban los artesanos: alfareros, albarqueros, talabarteros, cacharreros, vañiceros y quincalleros. La algarabía era tremenda: las renoveras pregonando el género a voz en grito; los aldeanos de los diferentes pueblos saludándose a voces; compradores y vendedores discutiendo por el equilibrado de la romana; la escandalera de los tratos y arreglos por llegar a un acuerdo en el precio; las risotadas de los viejos apoyados en sus cachabas contra la pared solana de la iglesia; los mugidos y rebuznos de los animales; el regocijo festivo de las tabernas llenas de humo; y para colmo, un gaitero con sombrero de copa alta y albarcas “del picu”, amenizaba el mercado con sus pericotes.

Sidoro y Nieves ocuparon su puesto para mercar junto a la iglesia de San Vicente. Cuando descargaban los cenachos del mulo advirtieron con sorpresa que faltaba el saco de garbanzos.

 

─¡Virgen la mi madre! ¿Y los garbanzos? ¿Ónde están los garbanzos, Sidoru?

─Tú sabrás que estuviste escogiéndoles enantes de salir.

─¿Qué una sabrá, qué? Tu padre cogió el fardel pa metelo en el cenacho del mulu. ¡Leandro! ¡Leandro! –le gritaba Nieves al viejo- ¿Y los garbanzos pal boticariu? ¿Ónde los puso?

─¡Cojorbas! Dejelos posaos en el poyu.

─¿Y qué le cuentu yo agora al boticariu? –gritaba Nieves intratable.

─No te pongas josca, mujer –le decía Sidoro con voz mansa.

─¿Qué les pasa a los de Costibarro? –huroneaban curiosas las renoveras de los puestos colindantes.

─Ná. Paice ser que el vieju ha olvidau los garbanzos de la Nieves en el poyu de la puerta.

 

En éstas estaban, cuando llegó Nelín pedaleando sudoroso y abregonado por el esfuerzo.

 

─¿Cómo tú por aquí con la mi bici, chachu? –le preguntó sorprendido su abuelo.

─Me mandó güela pa traer los garbanzos. No vos imagináis a qué velocidad he bajao ¡Cómo saltaban la aparvá de piedrucas que había en la carretera cuando entraba en las regüeltas sin frenar! –contaba Nelín farruco por ser el centro de todas las miradas.

─Vaya –suspiró aliviado Leandro -Gracias a Dios se entarajiló el asunto de los garbanzos.

 

Nieves se acercó presurosa a recoger sus garbanzos para llevarlos a la botica y se encontró el fardel mal atado y casi vacío.

 

─¡Babión! ¡Pazguatu! Eres que ni pintau a tu padre –le dijo a Nelín soltándolo un nalguetazo- ¡Qué piedras ni que ochu cuartos! Lo que saltaban pol caminu eran los mis garbanzos. No queda ni una algonzá pa muestra.

 

La familia era la rechifla de las renoveras y de los curiosos que seguían entretenidos y expectantes el jocoso acontecimiento.

 

─¿Hay barriau o qué? –decía Nieves encarándose a los parroquianos- Najando que naidie vos ha dao vela en esti entierru.

 

Culminada la jornada de mercado en Potes retornaron a Costibarro.

Nelín llegaba mohíno y lloroso; detrás, Nieves con aire resignado iba dándole pescozones. Y más atrás, Sidoro tirando del mulo y Leandro con la bicicleta de la mano, tosiendo y lanzando escarriajos con el cigarro pegado al labio.

Esa semana en Costibarro no se habló de otra cosa que de los garbanzos de la Nieves.

 

 F I N

 

ARMANDO MIGUEL MARTÍN
1º PREMIO “III CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Lebaniegos)

 

 


GLOSARIO

Léxico popular, modismos, giros y palabrerío lebaniego, para una mejor comprensión de la lectura del relato.

Fuentes:

-“Introducción al habla lebaniega” (Rafael Gutiérrez Barreda).

-“Léxico y palabras típicas de tierras lebaniegas” (Padre Don Adolfo González)

-“El lenguaje popular de la Cantabria montañesa” (Adriano García Lomas)

 

  • Abregonar: Reventar por el esfuerzo. Oprimir.
  • Acaldar: Colocar, arreglar, poner en orden.
  • Ahechu: Hecho.
  • Algonzada: Lo que cabe en las dos manos abiertas.
  • Alpargatear: Correr, ir deprisa.
  • Aparvar: Abundar alguna cosa.
  • Apurrir: Alcanzar a otro alguna cosa entregándosela o acercándosela.
  • Babión: Simple, bobo.
  • Bargareto: Especie de pajar donde se almacenan los productos del campo.
  • Barriao: Junta de vecinos en el pueblo.
  • Barruntar: Suponer, sospechar.
  • Boquillón: Agujero por el que se echa la hierba a las vacas de la cuadra.
  • Borona: Pan de maíz, también llamado
  • Cambera: Camino hondo entre dos mieses o praderías por el que transitan carros.
  • Campiza: Pradería pequeña junto a las casas. Camino vecinal.
  • Carral: Cuba de vino.
  • Cestaño: Cesto pequeño con asas.
  • Cisco: (a todo…) Velocidad, rapidez en hacer las cosas.
  • Cocos: Dícese en general de cualquier insecto cuyo verdadero nombre conoce el pueblo.
  • ¡Cojorbas!: Exclamación de enfado (¡cojones!).
  • Coriza: Calzado de goma con cuerdas para atar.
  • Costibarro: Terreno muy pendiente.
  • Chachu: Muchacho. (Normalmente se usa al conversar).
  • Chon: Cerdo, marrano.
  • Chujarro: Especie de azada que sirve para limpiar el estiércol de las cuadras.
  • Del picu: Albarcas lebaniegas con un figura en forma de rombo en la capilla.
  • Dujo: Colmena hecha con el tronco de un árbol seco.
  • Emperejilá: Dícese de la mujer activa que siempre está dispuesta a trabajar.
  • Enantes: Antes. (Palabra antigua en desuso).
  • Entarajilar: Arreglar, componer.
  • Escarriajo: Escupitajo.
  • Estragal: Portal. Vestíbulo de una casa, normalmente enlosado.
  • Fardel: Saco que usan los pastores para llevar comida.
  • Frisuelo: Fritura de leche y harina en amasijo. Pastelillo.
  • Jareto: Cordel. Cuerda de esparto tejida en forma de trenza.
  • Josca: Huraña, intratable.
  • Lavaza: Desperdicios y comida para los cerdos.
  • Macio: Cascara de la nuez cuando está verde.
  • Macona: Cesto grande de fibra de madera, sin asas ni tapa.
  • Manzanero: Artesano que elabora la sidra.
  • Matacío: Matanza del cerdo.
  • Mingana: Variedad de manzana con forma de pera, llamada también de “peromingán”.
  • Najar: Salir corriendo.
  • Nalguetazo: Azote. Zurrir en las nalgas.
  • Orujero: Artesano que elabora el aguardiente de orujo.
  • Parva: Primer almuerzo del día con orujo y pan, o galletas.
  • Pelona: Helada.
  • Pericote: Baile tradicional que se baila en Liébana y Llanes (Asturias).
  • Piescal: Especie de melocotonero bravío.
  • Pindio: Terreno inclinado.
  • Picorra: Cachaba, cayado.
  • Poceta: Recipiente de madera para líquidos. Parte inferior del lagar o lagareta.
  • Pedresa: Gallina que tiene el plumaje gris.
  • Rámila: Comadreja. Garduña.
  • Recilla: Rebaño pequeño de ovejas o cabras.
  • Repinaldo: Variedad de manzana de gran tamaño y alargada.
  • Saluga: Vaina de los garbanzos.
  • Sieto: Especie de zarzo o entramado tejido con varas de avellano.
  • Soleja: Rayos intensos del sol.
  • Tejemaneje: Líos, enredos poco claros para conseguir algo.
  • Terruro: Recipiente de mimbre, más pequeño que el cesto que sirve para transportar uvas.
  • Tina: Depósito redondo de madera en donde fermenta el vino.
  • Tostadillo: (Vino de…) Vino lebaniego dulce parecido al moscatel.
  • Trapera: Especie de escoba con helechos atados a un palo.
  • Travesero: Tronco que encabeza la chimenea para sujetar la leña.
  • Tudanca: Raza de ganado vacuno autóctona de Cantabria.
  • Yema: (Vino de…) Vino lebaniego de sabor agridulce que se elabora desgranando los racimos sin el raspojo.
  • Zurrona: Bolsa de piel donde los pastores llevan la comida.

 

Triste es el pueblo que deja caer en el olvido las ideas y concepciones de sus mayores”. (Menéndez Pelayo)