» El Valle del Arco Iris


Todo ha pasado en una fracción de segundo. Estoy sepultado por la nieve. Íbamos camino del Pico Tesorero y en el último tramo, a la altura del Collado de Horcados Rojos, la montaña se nos vino encima. La nieve me ha revolcado y no sé donde estoy. ¿Me habrá arrastrado muy lejos de donde caí? ¿Estaré en la superficie o en profundidad? ¿Hacia arriba o hacia abajo? La nieve se ha compactado tanto que no puedo moverme. He tenido suerte y alrededor de mi cabeza tengo una bolsa de aire que me permite respirar. Subía con mis dos hijos, he visto como se retiraban a tiempo, son jóvenes y ágiles, seguro que buscan ayuda inmediatamente.

No sé el tiempo que llevo aquí, creo que he estado amodorrado por la conmoción. Me preocupa que el socorro no llegue a tiempo. Empiezo a pensar que es posible que me muera. Nací en Liébana pero nunca pensé que pudiera morir aquí.

He venido a pasar unos días para hacerme cargo de la herencia de mi padre, pobre herencia. Solo me quedan dos tumbas en el cementerio, una casa ruinosa, un molino caído y unos prados que no encuentro. Quería aprovechar para enseñar a mis hijos la tierra de mis padres y mis abuelos.

Mi padre me agarró de las manos con cariño y me dijo mientras me abrazaba

 

−Ahora estamos solos, tu madre nos ha dejado. Tendremos que salir adelante. Tu hermano es más pequeño que tú, no llores y dale ejemplo.

 

Todo el mundo nos daba el pésame. La señora Pérez, una señora mayor muy rolliza no hacía más que murmurar “pobres niños, pobres niños…” mientras nos achuchaba molestamente. Me acuerdo de la caja, que me pareció enorme para mi madre que era delgadita y pequeña. No la vi pero la imaginé allí metida, sola y triste. Y esa imagen me persigue, por eso le pedí a mi padre fotos de las pocas que tenía, para poder verla cuando me invadían aquellas sensaciones. También recuerdo los comentarios insistentes de Alicia Linares, una solterona de nariz puntiaguda, que siempre me había recordado a las brujas de los cuentos, “Este hombre solo con dos chiquillos…” “Se tendrá que casar otra vez porque si no, a ver que hace…” Crecí temiendo que mi padre la trajera de madrastra a casa.

Hay más bosques y menos prados. El río es menos caudaloso y casi no veo truchas, ni salmones, ni anguilas. La casa está más vieja y más pequeña. El roble centenario se ha secado. El molino se ha caído y su piedra la han robado.

Intento recordar las veredas por las que llevaba la comida a mi padre en las fincas más apartadas. Los senderos están cubiertos de maleza y subo con dificultad hacía el alto en que está el campo. Procuro encontrar referencias, pero ya no está el alcornoque, ni el arroyo, ni la fuente de la que mi padre me animaba a beber hablándome de sus beneficiosas propiedades.

Mis hijos me siguen con abnegación. Comprenden que el prado que busco no es importante y seguramente mucho menos para ellos pero asisten con respeto a mi reencuentro con mi niñez y con mi padre.

Todavía me parece oírle decir que en el Macizo Central uno está más cerca de Dios.

 

−A dos mil seiscientos metros de altura, cerca del cielo, la piel se te pone de gallina. −Entonces se ponía trascendente y emocionado continuaba−. Para entenderlo hay que estar allí. La nieve, el frio, las tormentas y el calor pasan desbocados y se suceden en el tiempo a una velocidad vertiginosa. El camino en la montaña es sacrificio. Las fuerzas disminuyen con el esfuerzo hacia la cima, pero la mirada es más libre y el espíritu más sereno. Los picos te hacen más sabio, te hacen mayor.

 

No tengo frio, no es lo que más me molesta. No puedo abrir los ojos porque el hielo me quemaría la vista. La postura en que me ha dejado el alud es brusca, forzada, violenta y me duele todo el cuerpo. Es posible que tenga algo roto. El hielo me aprieta el tórax y no puedo respirar todo lo libremente que quisiera. Intento mover los dedos pero no estoy seguro de lograrlo.

Siempre habla del rio Deva con respeto. Nacer en el Macizo Central le da importancia y pasar por nuestro molino le ha convertido en parte de nuestra casa, de nuestra familia. Atraviesa un inmenso prado rodeado de bosques donde mi infancia es alegre e intensa. Allí veo los colores más vivos, el verde de la hierba, el marrón de los bosques, el azul del río y del cielo. Vamos a moler el grano. Si llueve pasamos el rato dentro del molino y cuando por fin escampa y sale el Arco Iris, mi padre cierra las compuertas del canal para que podamos coger alguna trucha y entonces, mientras intentamos pescar con las manos, se sienta en las piedras y mirando los colores dice que Dios nos anuncia, igual que a Noé, que ya no lloverá más y empieza a contarnos leyendas de Liébana.

 

−Don Pelayo era de Cosgaya, allí nació y vivió y de allí salía cuando iba a guerrear contra los moros…

 −Su hijo Favila murió destrozado por un oso, siendo ya rey. Aficionado a la caza quiso ir de montería viniendo de perseguir a los moros y fue a dar con un oso que pillándole de improviso lo abrazó hasta matarlo.

 

El molino se ha caído y su piedra la han robado.

Mis hijos miran perplejos cómo acaricio los pedruscos del molino, cómo entro entre ellos y busco, miro, rebusco. Me siento en una de las rocas y alzo la mirada hacia el cielo, dejo que me acaricie el tenue calor de la tarde y cierro los ojos recordando.

Siento calor en mi cara o ¿es frío? No lo sé. ¡Oigo ruidos! ¡Seguro que es el equipo de rescate! El sonido se desplaza muy bien por la nieve y oigo ruidos constantemente. ¿Será un animal? ¿Será otro alud? ¿Habrá alguien pisando allá arriba? Ya sé como estoy colocado. Me he fijado en el vaho que sale de mi boca y va hacia arriba, creo que estoy derecho. No cambia nada, pero me siento más tranquilo que si estuviera boca abajo.

Hemos subido hasta el Monasterio de Santo Toribio. Quería ver el Lignum Crucis. ¡Cuántas veces nos trajo a visitarlo! Era miembro de la Cofradía de la Santísima Cruz y esperaba “La Vez” con verdadera ansiedad. El viernes que le tocaba adorar se vestía de domingo y acudía con gran fervor. Mis hijos me escuchan con una mezcla de curiosidad y asombro.

Recuerdo a mi padre trabajando en el campo, enseñándome los nombres de los árboles del bosque. Siempre sereno y tranquilo, trabajando y trabajando sin queja, sin amargura.

En una ocasión le dije que no quería seguir estudiando. A la mañana siguiente me levantó de madrugada y me dijo

 

−Te vienes conmigo.

 

Me llevó a las labores del campo, a la hierba, a la huerta, al trigo y al maíz, a los animales, la leche y los quesos durante toda una semana; hiciese bueno o malo, lloviese o nevase, en el mes de enero.

Al inicio de la semana siguiente caminé hacia el colegio sin la menor duda. No me volvió a decir nada y yo tampoco volví a insistir.

Cuando cumplí los años en que ya no podía estudiar en el valle, me mandó a Santander. Imaginé que algo urdía pues pasó el verano mirándome mucho y dándome consejos. En verano trabajaba con él y me lo enseñaba todo sobre la naturaleza, la tierra, los animales, el cielo.

 

−Aquí tenemos un microclima, los picos nos protegen y el tiempo es muy suave. Es allá arriba, −decía señalando los picos−, donde se queda el mal tiempo. Aquí siempre sale el Arco Iris.

 

Cuando el trabajo lo permitía y era festivo me llevaba a conocer lugares y me contaba historias.

 

−Ese es el monte Subiedes donde miles de moros que huían derrotados de Covadonga fueron sepultados por un enorme argayo.

 −Aquí en Peña Sagra hubo un suicidio colectivo de cántabros que prefirieron la muerte a la esclavitud.

−En Potes fueron vencidos los franceses trece veces…

−En Espinama…, en Pido…, en Cillorigo…, −tenía una historia para cada pueblo, cada pico, cada río.

 

Al terminar el verano me abrazó y me dijo

 

−Es obligación de un padre dar lo mejor a su hijo. Aquí me encuentro en un dilema, pues si bien creo que lo mejor para ti es seguir estudiando, lo que te dará unas condiciones de vida mejores que las de tu madre y las mías, me duele que te marches de tu padre y de tu pueblo. Prométeme que no te olvidarás de tu tierra y que se la mostrarás a tus hijos.

 

Algo se desgarró dentro de mí en aquella separación. No lloré, como me había enseñado mi padre, pero durante mucho tiempo me sentí huérfano, un sentimiento que nunca me abandonó.

Hubo otra cosa que sentí más que mi propia marcha y fue atender sus requerimientos y llevarme a mi hermano conmigo al cabo de unos años. Entonces se quedó solo. Pretendí hacer lo mismo con él, asegurándole que volveríamos todos los veranos pero no accedió. Intenté traerlo a la capital para enseñarle el teatro, el puerto y el mar pero declinó mi invitación. Nunca quiso salir de Liébana. Decía que fuera de Liébana se moriría. Que allí estaba mi madre, su tierra, sus historias, sus cosas y que solo podía respirar aquel aire.

Creo que me estoy muriendo. Me invade una gran sensación de paz. Si logro seguir así con baja frecuencia respiratoria y cardiaca podré durar un poco más, quizás lleguen las asistencias. No sé cuánto tiempo llevo aquí.

No volví mucho por el pueblo. Lo justo para verle y atenderle. El trabajo, la familia y la distancia fueron excusas para no enfrentarme con una tierra que me dolía tanto. Creo que trataba de evitar despedidas tristes y angustiosas.

Cuando él murió decidí que era el momento de hacer honor a mi compromiso y enseñarles a mis hijos su tierra.

Quizás sea el momento de rezar. Siento que se me acaba el tiempo. Me acuerdo de la Santuca, siempre iba a la procesión y nos llevaba a mi hermano y a mí, desde Aniezo hasta Santo Toribio, ida y vuelta. Veintiocho kilómetros siempre a la vera de la virgen; ansioso, esperando su turno para llevar las andas. Flores, rezos, cantos y emociones.

El molino se ha caído y su piedra la han robado. Hay más bosques y menos prados. El río es menos caudaloso y casi no veo truchas, ni salmones, ni anguilas. La casa está más vieja y más pequeña. El roble centenario se ha secado.

¡Ahora sí que oigo ruidos! ¡Están muy cerca! ¡Oh! ¡Están quitando la nieve! ¡El sol me deslumbra! Creo que veo el Arco Iris. Me cogen y me izan con fuerza. Tengo frío. ¡Padre! ¡Padre! ¡Por qué te fuiste! ¡Te echo de menos!

 

ALFONSO GARCÍA ARANZÁBAL
2º PREMIO “III CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Lebaniegos)