» Una historia de las montañas (La balada de Serafina)


Julia había madrugado pues le tocaba hacer el pan para toda la semana. Ya tenía la base del horno cubierta de brasas cuando Serafina se levantó.

Era día de mercado y como cada lunes exigía partir antes de que saliera el sol.

 

-¿Se te ocurre alguna cosa que deba traer de Potes?- Le preguntó a su hija.

 

Julia no era especialmente bella pero sus formas tímidas y su suavidad al hablar la hacían hermosa. Y con el descaro que da la adolescencia contestó:- Si. Podrías traer chocolate.- Serafina volviendo el rostro y con desaire le dijo:- ¡Venga, anda! Y vigila que no se te queme la borona.-

No es que no fuera cariñosa pero la vida dura que le tocó la había vuelto parca en palabras y seria en actitudes. Era de esas mujeres que plantaron semillas con sus dedos, parido a nueve hijos y sobrevivido a la guerra.

Fue a buscar el burro que había pasado la noche en el prado contiguo a la casa, le puso el aparejo, cargó las alforjas y se despidió de Julia con una ultima frase:- Cuida de la casa, ya sabes que tu padre no estará a comer porque tiene que llevar a la feria la yegua preñá que tiene en Las Brañas.- Y con el frío de las seis de la mañana, partió de La Aldea de Bejes, mientras todos los demás dormían al plácido calor que el horno repartía por toda la casa y con el dulce olor a tahona.

El pueblo de Bejes son dos pequeños núcleos de casas, enclavados en un valle circular surcado por un río. Las altas montañas que lo rodean hacen que las comunicaciones con el resto de la comarca sean angostos y dificultosos pasos entre peñas.

Serafina cruzó la pesada piedra, que hace de puente sobre lo que en verano es poco más que un arroyo pero en esas fechas ya arrastraba un poderoso caudal. Cuando llegó al molino, Juana la estaba esperando. Era una mujer muy habladora como es común en las molineras.

 

-¿Traes algo?- Fue su saludo.

-Si. Un saco de maiz pa moler.

-Pues bájalo de la alforja y si en el su huecu metes esti de harina y me lo llevas a vender no te cobro la maquila.

 

Hablaron unos minutos de cosas sin importancia y se despidieron.

Encaró al burro por la pendiente hasta la senda que lleva a la bodega de Los Trillos. Lo amarró en el solitario espino y bajó de la alforja una cesta con unos cuantos quesos.

El sendero hacia la cueva-bodega era tan empinado que cada poco tenia que posar la cesta en lo alto, usar sus dos manos para trepar, coger de nuevo la cesta y seguir. Los últimos metros, estrechos y expuestos hasta la plataforma que da acceso a la cavidad parecían colgados sobre el vacío. Una pequeñísima puerta de madera que obligaba a caminar en cuclillas, daba paso a una sala de unos cuatro metros de altura habilitada con andamios de madera, sobre cuyas tablas reposaban en silencio y oscuridad los quesos.

Hizo una cata sobre unos cuantos escogidos verificando su calidad para la venta, sustituyéndolos por los recién traídos, que quedarían madurando en el frescor y la humedad del subterráneo lugar.

Desanduvo el camino pensando que mejor sería un zurrón en vez de la incómoda cesta que peligraba dar con su carga rodando hasta el río.

Reemprendió la marcha por el escarpado sendero llegando a la Collada de Canal. Desde allí cruzaría fácilmente hasta la majada de Panizales y acometería la subida del collado de Pelea.

Antes de seguir se tomó un minuto dándole un respiro al animal y a ella misma. A lo lejos pudo adivinar la figura de Rique por el otro lado del río, subiendo el casi vertical Pandillu que accede a los puertos. Se regocijó en la idea de que en pocas horas se encontraría con el, esperando que fuese un buen día de feria.

Rique pasaba de los cuarenta años, no era demasiado alto pero con un físico rotundo, bruna cabellera, muy poblada de finas hebras casi siempre bajo una “gorra” (boina). En un primer golpe de vista cualquiera vería en el a un hombre fuerte.

Caminaba con una seguridad por las montañas, entre las árgumas y la roca desnuda, que parecía fácil hacerlo.

Ese día la tarea era sencilla. Sólo llevar la yegua hasta la villa, donde tenía apalabrado con un comprador la entrega y el precio. Aquellos dineros servirían para cambiar los sementales de las ovejas y poder usar los corderos para comida.

Alcanzó lo alto de la ladera dejando atrás el húmedo y sombrío cañón del río. Se divisaba lejano el gigantesco collado de Pelea y reconoció al punto de llegar al horizonte la pequeña caravana formada por Serafina y su pollino. Pensó que si no se entretenía mucho con sus parientes de Penduso, sería de las primeras en el mercado y que si el atajaba por los puertos de Quión llegarían a la vez.

Pero Serafina si se entretuvo. Bajó un queso que había preparado para sus familiares, ellos sacaron pan, leche y unos dulces a modo de almuerzo. Charlaron sin prisa de las novedades y de la salud del pequeño Riquín , siempre tan frágil. Aunque ella tenía fe en los nuevos medicamentos, que a pesar de ser muy caros sanarían al fin a su hijo.

Cuando se dio cuenta del horario, salió apresuradamente, siguiendo el transitado camino de Campallana . Llegando a Potes una hora más tarde de lo previsto.

Pasaría la mañana en su puesto de trueques y ventas, entre clientes, conocidos y curiosos. Ese día comería allí con su esposo y por la tarde regresarían juntos a casa.

Potes era un hervidero por todas sus calles. En la plaza de los comerciantes la gente iba y venia, se paraban, preguntaban, se saludaban y el murmullo de tantas voces recordaba a un avispero. Los pastores transitaban con los ganados camino del Ferial para la compra y venta de las reses.

Se instaló en su lugar habitual de la Plaza con una mesa prestada sobre la cual mostraba queso picón y mantecas, bajo ella un saco de harina y a su lado una balanza romana.

Los campesinos de los pueblos cercanos y del valle llegaban con sus mercancías en carros. Los de Bedoya con sacos de garbanzos y cebollas, los de Castro y Pendes con cubas de vino y garrafones de orujo, el trigo de Frama y de Potes tan deseado para hacer el “pan del rico”. Incluso ya se veía algún automóvil-tienda, lo que hacia que la mesa de la de Bejes fuese de las más humildes junto con la de una vieja de Pembes que solamente ofrecía quesos ahumados y miel. Mas sus productos siempre se vendían pues su calidad era reconocida.

Las primeras horas fueron de dedicación al negocio, pero pasado el mediodía empezó a impacientarse pues su marido ya debería haber llegado y su mirada comenzó a buscarle en todas direcciones. A la hora siguiente su inquietud aumentó hasta el punto de preguntar a los conocidos si le habían visto o si sabían algo de el.

El mercado fue aflojando su concurrencia, las gentes se iban marchando unos a las tascas y otros a sus casas. Prácticamente lo tenía todo vendido y lo poco que le quedaba lo cambiaría por aceite y sal.

Ya recogía cuando se le acercó Ginio que le dijo: – Estuvi esperando toa la mañana a Rique pero no ha apaeciu. Paezme raru en un hombre tan cumplidor como el. Dili que mi tratu sigue en pie pero tendrá que llevame la yegua y la potra a Polaciones-.

El purriego marchó dejando honda preocupación en la mujer que después de adquirir lo necesario devolvió la mesa a la taberna donde comió sola.

“El camino de retorno es largo para quien tiene prisa por volver”.

Con los ojos clavados en el collado de Pelea que parecía no llegar nunca, paró de nuevo en

Penduso. Preguntando a sus primos por su esposo dijeron no saber nada, cosa que la tranquilizó pues es bien sabido que las malas noticias vuelan.

De vuelta en la Collada de Canal las sombras del atardecer se pegaban al fondo de la garganta y el descenso se hacía necesariamente lento para no accidentarse ni ella ni el animal.

Con la tenue luz de un candil la recibió la molinera.

 

-¿Sabes algo de Rique?- Preguntó casi sin saludar.

-Si. Pasó por aquí hará cosa de tres horas.

-Estuvi preocupá tol día pos no fue a la feria y son tan malos estos terrenos.

-Tranquila mujer, ya sabes que Rique es un diablu pa la peña. La mala nueva es que encontró a la yegua despeñá con la potruca de un día a su lau y li costó muchisimu hacese con ella y sacala de onde estaba. A casa la llevaba pa criala a calderu.

 

Ajustaron las cuentas del trato hecho por la mañana, cargó la harina molida en la alforja y se despidieron.

Con el accidente de la yegua no habría dinero para cambiar los carneros y los corderos debían quedarse para rebaño. Así que hizo un último alto para recoger las gallinas y “pescando” dos de ellas, una la cargó en la alforja y otra la llevó en la mano.

Era de noche cuando llegó a la casa. Ayudaron los mayores, Castor y Raul, con las mercancías y el asno. Mientras, dentro de la cocina estaban sentados Rique y Riquín. El padre tenía la mirada lánguida de la impotencia y apenas se puso a hablar Serafina le sosegó con un sencillo: -Ya lo se.-

Guardó las esperanzadoras medicinas en la alacena y volviendose hacia su enfermizo hijo y con el amor con el que sólo una madre puede hablar le dijo sonriendo: -Mañana, comemos gallina.-

Julia fue la primera en levantarse como cada día para preparar las patatas y al quitar la tapa de la cazuela, escondidas dentro de ella encontró dos onzas de chocolate.

 

MIGUEL ANGEL SÁNCHEZ
3º PREMIO “III CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Lebaniegos)

 

 

LA BALADA DEL ASNO

Paso a paso

Olvidando ya desde donde

Olvidando

Olvidando ya desde cuando

Paso a paso hasta tocar el Sol

Tocar el Sol

Tocar el Sol y seguir andando

Seguir paso a paso rebuzna

Paso a paso

Paso a paso hasta tocar la Luna.