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ENTREVISTA A ÁLVARO POMBO CON MOTIVO DE LA ENTREGA DE LA ESTELA DE ORO DE LAS LETRAS DE CANTABRIA 2016

Álvaro Pombo

 

 Por MARIO CRESPO

PREGUNTA: De los numerosos reconocimientos que has tenido, ¿recuerdas con especial cariño alguno concreto? ¿Cómo valoras la concesión de la Estela de Oro de las Letras de Cantabria por la Sociedad Cántabra de Escritores?

RESPUESTA:

Recuerdo con especial cariño y emoción la concesión del premio Herralde de novela, de 1983, ese fue el 1er premio Herralde, con él se inauguró ese galardón. A ese premio presenté también otra novela El hijo adoptivo y quedé finalista. Ese es un premio inolvidable. Debo añadir que gracias a ese premio Herralde desatasqué mi carrera literaria en España, que en aquel momento estaba muy atascada. Había publicado ya una colección de relatos, Relatos sobre la falta de sustancia, en 1977, una novela en el 76, El parecido, y dos libros de poemas, uno Protocolos, en Biblioteca Nueva (1979) y otro, Variaciones, en el 78, que gané el premio El Bardo. A pesar de todo eso, en 1983 era poco más que un escritor desconocido. Había tenido elogiosas reseñas. Pero el premio Herralde fue un lanzamiento definitivo, cuya resonancia todavía resuena 32 años más tarde. Y siempre recordaré al Jorge Herralde de pelo negro y ondulado de aquel entonces y a Lali, que ahora está exactamente igual que entonces, que me llevaron a comer por deliciosos sitios secretos que hay en Barcelona y que celebraron ese primer éxito mío con un gran afecto y muchísimos invitados de la gran gauche divine barcelonesa.

Valoro muchísimo la concesión de esta Estela de oro de las Letras de Cantabria, porque ha sido un premio muy inesperado, que ha salido como por generación espontánea de los escritores de Santander, que me distinguen así con su estima. Como todo el mundo sabe, yo soy muy santanderino, gracias a este premio seré además un poco profeta en mi propia tierra, cosa difícil que todos deseamos ser.

 

P: Aunque desde joven no resides en Cantabria, ¿qué ha supuesto para tu obra el recuerdo de tu Santander natal?

R: Santander, ciudad con la Bahía y Mouro y el Puntal y los acantilados del Cantábrico, del Panteón del Inglés y el Puente del Diablo son más o menos la mitad de mi memoria. Teniendo en cuenta que la memoria es todo en la escritura, la mitad de la memoria es muchísimo. Y eso se ve, ese paisaje basal de Santander y alrededores, además de una ya larga galería de personajes familiares y modos de hablar, todo eso, es parte del metabolismo basal de mi conciencia. Casi cualquier lector, por ocasional que sea, puede ver la intensa inspiración santanderina de mis poemas y mis novelas.

 

P: Por una parte de la familia eres descendiente de Amós de Escalante. ¿Ha representado este hecho algo significativo en tu formación literaria?

R: En mi afición a escribir, que empezó pronto, con trece o catorce años, quizá antes, tuvo gran importancia un nieto de don Amós de Escalante que se llamaba Pedro Escalante Huidobro, que fue presidente de la Diputación de Santander durante varios años y que amaba Santander y su provincia apasionadamente. Estaba casado con una hermana de mi madre, la más pequeña, tía Luz García de los Ríos, y recuerdo unas Navidades lluviosas que fuimos a pie el día de Navidad después del almuerzo en casa de tía Carolina hasta el Panteón del inglés y regresamos calados hasta los huesos. Eso fue una gran experiencia paisajística para mí, una gran experiencia romántica, el Cantábrico invernal rompiendo contra los acantilados muy abajo, y también el faro, y también salir en la corza –que era una motora con toldilla- a pescar maganos los días nublados en verano. Durante muchos veranos usé el bote de la motora, un chinchorro verde y blanco, para ir de playa en playa remando, lo dejaba fondeado en el Marítimo. Todos esos recuerdos marineros fueron embrionariamente literarios, porque tío Pedro Escalante escribía entonces una novela larga, La vida por la muerte, y recuerdo que me leyó la primera parte del capítulo primero del libro. A mí me parecía eso el colmo de la literatura y de la relación narrativa con el mundo. Cosa que he seguido teniendo hasta la fecha.

 

P: ¿Fueron tus primeros textos publicados los artículos en la revista de los Escolapios de Santander?

R: Sí, esos fueron los primeros textos publicados. Aquel mes de mayo de mi último año en los Escolapios publiqué hasta seis artículos en la revista colegio, uno con mi nombre y cinco con pseudónimo, Eso sí, suspendí cuatro asignaturas para septiembre, de donde se sigue que las inclinaciones literarias de los niños son lo peor de lo peor. Los padres escolapios, el padre Constantino y el padre Manuel, que le llamábamos Apolo, con sus comentarios importantísimos en las cartas de la revista mensual, fueron definitivos para fijar mi vocación literaria, así que, no obstante mi burrez como estudiante, recuerdo siempre a los padres escolapios como mis primeros mentores literarios.

 

 

P: No me resisto a recordar una característica de tu prosa y es ese estilo oralizado que das a tu narración, con un desarrollo que parece provenir de una conversación, de palabras que se recogen de la tertulia y que contribuyen al acercamiento a la realidad ficticia. ¿Crees que esto es sólo una cuestión formal o influye en el contenido de la narración?

R: La distinción entre el contenido y la forma, en mi caso particular es muy tenue, el pensamiento se hace en la boca, se hace al hablar, pensamos hablando. Yo he tenido la suerte de vivir en una familia de mujeres muy conversadoras, empezando por mi propia madre, y he vivido en un mundo de comunicación oral, refinado y a la vez cotidiano. Mis libros están escritos como hablábamos nosotros.

 

P: ¿Recuerdas el ambiente literario y cultural del Santander de tu infancia y juventud? ¿Tuviste alguna relación con los poetas y críticos vinculados al grupo Proel, por ejemplo?

R: No. Lo único que recuerdo es que fui a comprar un libro de Rilke a los dieciséis años a la librería Sur de Manuel Arce, que era entonces un muchacho muy guapo, algo mayor que yo, que me atendió personalmente. Recuerdo que le pregunté “¿a quién le pago?”, y él contestó: “Págueme a mí, si me va usted a pagar”. Después de los quince años ya viví en Valladolid, Palencia y Madrid. Así que la influencia de ese grupo Proel y de los excelentes poetas no fue mucha. He sabido de su importancia e influencia después.

 

P: En tu última novela, Un gran mundo, evocas a tu abuela, Ana de Pombo. Otros miembros de tu familia aparecen en otras obras, como Gabriel María de Pombo en Virginia o el interior del mundo. Sin embargo se trata más bien de “psicología-ficción”, ¿no es cierto? Los personajes se relacionan y muestran sentimientos que solo tuvieron, que sepamos, en las páginas de tus novelas, que es lo que obviamente importa en las páginas de la ficción.

R: Así es. ¿Debo lamentarlo? Un poco sí que lamento sólo saber hacer psicología-ficción. En el fondo, en mis horas lúgubres, sí que lamento ser sólo un escritor de ficción y no haber sido también un gran ensayista y un filósofo. Ambas cosas, el ensayo y la filosofía, han sido, sin embargo, mi fuente constante de admiración y de imitación y lo son también hoy en día. Paul Valery decía que había tomado para sus poemas el color de la filosofía. Yo he robado más que eso: de la filosofía, la teología y el ensayo, todo lo que he podido, sin el menor escrúpulo de conciencia. He vivido hablando de Filosofía y Letras con mis pocos amigos. Y en uno de los poemas de Protocolos, un desesperado poeta le dice a su amante: “¡Quédate conmigo que soy rico/ que sé hablar de Filosofía y Letras!” Desafortunadamente, ahora ya no soy rico, soy un nuevo pobre (lo digo por si a algún mecenas santanderino se le ocurre echarme unos duros en el gorro). Pero sigo hablando de Filosofía y Letras sin cesar. Quien se quede conmigo hasta el final, que ya se avecina, podrá contar con una conversación incesantemente ilustrada, a ratos irónica, a ratos furiosa, y bienhumorada todo el resto.

 

P: Publicaste no hace mucho un libro precioso que recoge varias conversaciones con José Antonio Marina, titulado La creatividad literaria. ¿Qué crees que puede aportar esta obra a los jóvenes escritores?

R: Creo que puede aportar muchísimas ocurrencias, tanto ensayísticas como poéticas. José Antonio Marina es nuestro más inspirado escritor español contemporáneo. Llevamos hablando ininterrumpidamente cincuenta y cinco años ininterrumpidos, valga la redundancia. Y ese libro en particular es una buena muestra, un fragmento de esa conversación incesante.

 

P: ¿Leeremos algún día una obra de teatro de Álvaro Pombo? Lo pregunto porque es el único género que te falta por tocar…

R: Escribí para Radio Nacional un serial radiofónico titulado Doña Mercedes o la vida perdurable. Son seiscientos folios de serial que me pagaron muy generosamente, y he escrito pequeñas piezas teatrales que no valen gran cosa. Pero me encantaría dar con un buen hallazgo teatral y que lo pusiera José Luis Gómez en la Abadía.

 

P: ¿Qué aporta a la Real Academia Española un escritor como Álvaro Pombo?

R: La RAE me aportó hace ya casi once años, lo primero y principal, un título: ahora me llaman oficialmente Excelentísimo Señor. Esto es lo que más me encanta de todo. La RAE es la única institución española que no me ha echado a patadas. Inexplicablemente, ahí me tienen, y me aporta eso, un gran título, Excelentísimo Señor. ¿Y qué aporto yo? La verdad es que no acabo de saberlo. Voy todos los jueves a las Comisiones y a los Plenos e intervengo como el que más. ¿Y qué aporto? La verdad es que no lo sé, supongo que una cierta agudeza verbal, ese sentido de la lengua hablada que tenemos todos los escritores.

 

P: ¿Cuáles son tus proyectos literarios próximos?

R: Tengo el proyecto literario próximo de escribir mi gran novela inmortal, a la vez que una gran elegía, y a la vez que –cosa que estoy escribiendo ahora- una colección de variaciones narrativas titulada “Ciento catorce variaciones fáciles”, en honor a las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach.