» 2º PREMIO RELATO CORTO 2016


QUEJUCO

 

Campurriano soy de la más pura cepa;
del mesmo riñón de la tierra
 Luis Mazorra

 

Conozco estas tierras mejor que nadie. Conozco el húmedo silencio de la Valleja Negra, las piedras milenarias de Julióbriga, el canto roto del Besaya, el murmullo viejo del Ebro, la voz quebrada del pico Tresmares, en cuyas faldas nacen las aguas del Ebro, del Pisuerga y del Nansa…

Pero a quien mejor conocía era a Quejuco -el garrotero- que así le conocían, no por andar quejándose o lamentándose de su suerte, sino por haber nacido en Requejo, en Campoo de Enmedio. De niño le dieron en llamar el de Requejuco y de ahí le había quedado el mote para siempre.

Quejuco siempre me esperaba impaciente en el balcón de la vieja casa de piedra en la que vivía de niño -en una ladera orientada al sur de Santiurde- y cada vez que me veía gritaba emocionado por toda la casa, alertando a todos de mi llegada.

Yo sabía que mi presencia no era muy bien recibida entre sus vecinos, sobre todo después de aquel desafotunado accidente del que muchos me culpaban. Bajo los soportales de la Calle Mayor, en los mercados, en la abacería [1], en las tabernas donde los hombres se juntaban… Todo el mundo hablaba de mí y me miraba con una indiferencia que me dolía.

Quejuco, sin embargo, solía salir siempre en mi defensa y su mirada deslumbrada conservaba toda aquella pasión de cuando solo era un chiquillo. Nuestra amistad fue mucho más allá de lo que nadie podía sospechar. Yo encontraba en Quejuco una admiración sin límites, difícil de entender para algunos.

A pesar de que yo pasaba largas temporadas fuera, cada vez que volvía me sentía en casa. No me importaba que los más viejos contaran historias sobre mí. Todas aquellas historias habían quedado ya muy atrás.

Afortunadamente para mí, también había un grupo fiel de amigos que nunca me fallaban. En cuanto llegaba, venían a verme y pasábamos el día juntos. Aquellos eran momentos inolvidables para todos. Siempre supe lo importante que yo era en sus vidas.

Mi lugar estaba allí, mi corazón estaba unido irremediablemente a aquellos montes, a aquellas tierras. A lo largo de todos estos años, el majestuoso paisaje de la comarca de Campoo- Los Valles formaba parte de mí y yo de él. Quejuco lo sabía bien.

Aprendió el oficio de garrotero de su abuelo, un campurriano de Somballe con un carácter huraño y unas manos grandes y ásperas como las hojas de una higuera. Recuerdo siempre a Quejuco entre cestos y carpanchos, tejiendo historias entre mimbres y varas de avellano.

Yo siempre pensé que, con los años, Quejuco se alejaría de mí y que todo cambiaría, pero no fue así. Ni siquiera cuando conoció a Teresa. Fue durante la feria de San Mateo. Reinosa entera parecía rebosar alegría y su nombre resonaba por todos los lugares, como resuena la ventisca de febrero en la sierra de Híjar.

Yo no estaba allí, pero le oí contar tantas veces a sus hijos la historia de cómo se había enamorado de su madre, que era como si yo misma hubiera sido testigo de aquel encuentro.

Teresa era la hija del carretero, una muchacha menuda y resuelta, con los ojos claros -del color del romero- trabajadora y componedora de disputas si así se terciaba, que era de carácter noble y bondadoso y amiga de conciliar y mediar allí donde hiciera falta.

Se empeñaba siempre en acompañar a su padre a todas las ferias y esperaba ansiosa a que llegara de sus viajes a la meseta, de aquellos lugares que a ella se le antojaban tan lejanos y tan distintos de su Reinosa de calles empedradas y montaraz paisaje.

Una parada hacía siempre el carretero en la cantina de Merche -donde paraban también  los carreteros que subían a Campoo o pasaban a Reinosa desde Bárcena Mayor- y allí los hombres discutían de precios, de cómo había ido la jornada o de los próximos viajes que iban a emprender.

Harina, azúcar, aceite, bacalao, vinos, legumbres, pimentón… La mercancía era variada. Los palos para mangos de escoba se hacían en Lantueno; los artesanos montañeses -que venían principalmente de los pueblos de Los Tojos, Bárcena Mayor, Saja y Cabuérniga- vendían la garauja [2]; los carpanchos y garrotes se los compraban a los vecinos de Santiurde; a los de Somballe las garrotas [3] y los cestos con asas para sembradura; las albarcas a los de Rioseco y Santiurde de Reinosa; la piedra de sal se compraba en la mina de Cabezón; la paja en Castilla y en el mercado de los lunes se adquirían las patatas campurrianas.

Y aquel veintiuno de septiembre -fiesta de San Mateo- Quejuco conoció a quien habría de convertirse en su mujer. Allí la conoció, entre el trajín de los comerciantes, entre la mirada redonda y húmeda del ganado, entre los tratos que los campurrianos cerraban con apretones de manos y copas de orujo, entre sacos de harina y hogazas de pan, entre albarcas, cebillas y palos pintos.

Me hubiera gustado tanto estar allí… entre la alegría de las pandereteras, entre el sonido inconfudible de pitos y tambores, entre jotas campurrianas e ijujús… envuelta en la voz ronca y franca del rabel acompañando aquellas coplas -inocentes unas y pícaras y desvergonzadas otras- que resonaban por todos los rincones:

 

En la villa de Reinosa

han hecho una cárcel nueva

para encerrar los amores

que dan palabra y la niegan.

 

 

 

Una pierna tengo aquí

y otra tengo en tu tejáu

mira si, por tus amores,

estoy bien esparrancáu.

 

 

No me caso con la viuda,

yo no me caso, por cierto,

por no ponerle la mano

donde la ponía el muerto.

 

Pero yo no estaba allí y Quejuco se enamoró irremediablemente de Teresa. Y aquella muchacha de ojos grandes del color del romero se llevó al hombre que también un día se había enamorado de mí.

Juro que no guardo rencor. A ninguno de los dos. ¿Cómo podría? Quejuco había sido la persona que más me había querido y yo me alegré de que encontrara a una mujer con la que compartir su vida, una mujer que le diera lo que yo jamás podría darle.

Pensé que se alejaría de mí y que todo cambiaría. Pero nada cambió.

Se casaron en febrero. Colgaban los cangalitos [4] de los tejados como lágrimas heladas. Quejuco sabía que yo estaría allí. No podía faltar.

Me quedé afuera. Era consciente de que no estaba dentro mi sitio. Los vi salir de la iglesia del brazo. Ella apenas me miró, pero jamás olvidaré la mirada de Quejuco.

Volví a descubrir la deslumbrada emoción del Quejuco niño, supe lo que era un hombre enamorado y comprendí aquel día lo que era el orgullo campurriano.

Puede que algunos no entendieran lo que Quejuco sentía por mí, pero nuestras vidas habrían de caminar juntas. Nadie podrá borrar de mí su recuerdo. Con eso me basta.

Estuve presente en las cosas más importantes de su vida. A su primera hija le puso mi nombre y el día en que Teresa falleció -porque así de caprichoso es el destino- yo le acompañé hasta el cementerio y compartí su dolor. Yo estuve con Quejuco el último de sus días.

Puede que yo no sea nada para nadie. Puede que solo sea la fragilidad que habita la memoria.

Pasaron muchos años de todo aquello. Quejuco ya no está, pero yo sigo viniendo a estas tierras que tanto me han dado. Sé que nunca me iré de aquí. Aquí está mi sitio. He sabido ganarme el respeto de todos.

Quejuco se puso enfermo a mediados de octubre. Yo quería estar junto a él en aquellos momentos. Me necesitaba, pero no estaba segura de si llegaría a tiempo. Me daba miedo no volver a verle, pero él me esperó. Hasta para morirse fue generoso. Desde la cama, miraba por la ventana sin cesar y no dejaba de repetir como una letanía:

 

No ha de tardar. Vendrá. Yo sé que vendrá.

 

 Y aquel día de primeros de noviembre vi por última vez en su mirada el amor que siempre me había profesado.

 

 Es ella. Ya ha llegado! -gritó emocionado cuando me vio aparecer por el camino.

 

Su hija miró por la ventana y un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal. ¿Qué le estaba pasando a su padre?

 

Padre, ahí fuera no hay nadie.

 

Su padre sonrió débilmente y musitó.

 

¡Sigue tan hermosa como siempre!

¿Quién, padre?

 

Y él -cerrando los ojos como si quisiera que yo fuera la última imagen que le acompañara en su inexorable viaje hacia la nada- exclamó:

 

La nieve.

 

MARISA LÓPEZ DIZ
2º PREMIO “IV CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Campurrianos)

 

 


NOTAS

[1]    Establecimiento de venta al por menor de aceite, vinagre, legumbres secas, etc.:

[2]    Aperos utilizados para las labores de la recogida de la hierba y de la trilla de los cereales

[3]    Cestos de mimbre o avellano sin asas

[4]    Carámbanos