» 1º PREMIO RELATO CORTO 2016


¡CAMPURRIANOS SOMOS NOSOTROS, LOS DE CAMPOO!

 

Entrada la tarde, un celaje de mal aspecto y oscuro se introdujo en Campoo, valle arriba, desde “la Marina” por el umbral del río Besaya presagiando nevada.

Y así fue. La última noche de febrero, noche de marzas, se mostró invernal con una nevada copiosa y serena.

Aún así, los mozos campurrianos siguiendo la tradición, después de haber enramado las ventanas de las mozas por San Juan, haberlas obsequiado con cerezas el domingo de rogativas en la ermita de la Virgen del Abra y haber recogido las natas en las noches de verano, habían cantado los romances de primavera en esta noche fría y nevosa por varios pueblos de la Hermandad.

Una vez que el clamor de los cantos marceros y el alboroto de los campanos de cabaña, las berronas de sauco y los jisquíos de los marzantes se hubieron apagado, la noche quedó sumida en la placidez envolvente de la nevada silenciosa.

Mateo entró en la casa y apagó la luz mortecina del farol que sujetaba con los dedos de la mano amoratados de frío. Puso el palo pintu detrás de la puerta y las albarcas de pico entornao en el escaño de la cocina a secar junto a los últimos rescoldos de la lumbre. Subió a tientas la estrecha escalera de tablas alabeadas que crujían bajo la pisada de sus escarpines, con cuidado de no despertar a sus padres ni de inquietar a los animales de la cuadra.

La habitación consistía en un camastro con colchón de lana apelmazada y un rústico armario de un cuerpo, pues nada más cogía en aquel pequeño habitáculo. Mateo se despojó de la montera picona, la burda pelliza de pardomonte y los recios calzones de paño doble empapados de chapotear por la nieve de las callejas durante la ronda y se arrebujó entre las mantas al refugio de la calidez reconfortante de la cama.

Apenas dormitaba cuando un murmullo continuado y confuso proveniente de la calle lo espabiló.

Mateo se asomó con sigilo a la solana y advirtió que el susurro de las aguas del arroyo que discurría al otro lado de la pared del huerto sonaba diferente a cualquier otro día y que las ramas del roble centenario, sin el más leve soplo de viento, se movían pausadamente y crujían a intervalos de manera extraña.

Permaneció un instante agazapado mientras escuchaba atento.

¡No lo podía creer! El río y el árbol conversaban como si de personas se tratara y él podía entender con toda nitidez el idioma de la naturaleza y lo que hablaban.

Mateo había bebido poco más de una manchega de vino durante la ronda para remojar los torrendos, los jerejitos chamuscados, el queso, las galletas, la torta recién salida de la hornera y otras dádivas con las que los vecinos habían obsequiado a los marceros. Además, el intenso frío de la noche y el desasosiego que le estrujaba el estómago le mantenían sobrio y con la mente despejada.

Trató de convencerse de que aquello que sucedía era una ilusión, pero no: árbol y río mantenían una porfía sobre quién de ellos encarnaba mejor los rasgos y orígenes del antiguo solar campurriano.

El longevo roble, de corteza rugosa y amusgada, despojado de sus hojas, con una voz ronca y profunda ponderaba orgulloso su raigambre campurriana.

 

—En siglos pasados, cuando la Merindad de Campoo todavía no había nacido, todas esas calveras desoladas que nos rodean, todas esas brañas de pasto, eran montes bravos y umbríos poblados por mis antepasados. Ascendientes de aquellos árboles, algunos todavía en pie, llevan apellidos ilustres como el Tejo de la Lomba, la Cajiga de Sopeña, el Olmo de las Fuentes, el Tejo de Abiada, el Nogal de la Hoz de Abiada y otros muchos más. Al cobijo de su ramaje se solventaron litigios y se aplicaron las Ordenanzas de vecindad y las Concordias de pastos en los concejos de los pueblos.

—¿Me hablas de siglos? –le replicó el arroyo con un murmullo cantarín continuado y fluido- ¡Pero hombre!, desde hace miles y miles de años, mucho antes de que las antiguas tribus cántabras asentaran sus castros en los altozanos amurallados y de las sangrientas invasiones romanas y visigodas, innumerables ríos y arroyos fluyen en estos parajes, lugar de fuentes y manantiales, tierra de agua nada menos que a tres mares. Yo soy un arroyo modesto pero también tengo ascendientes de nombre importante y respetable que nacen al pie del Tres Mares, el Cordel y el Cuchillón, como el río Hijar, después rebautizado Ebro, el Guares, el Nansa, el Saja, el Besaya y las aguas primigenias del Pisuerga.

—No lo dudo, amigo. Pero vuestras aguas atraviesan Campoo inquietas y tortuosas y se van en un constante y eterno viaje a otros lugares por los que discurren plácidas y fértiles. Nosotros, sin embargo, nos enraizamos profundamente en el suelo vinculándonos de por vida a esta tierra y sus habitantes. Hayas, fresnos, sauces, arces, chopos, abedules, acebos y robles crecemos en el monte, junto a las orillas de los seles y los prados de siega, en las riberas de los ríos, en los márgenes de los caminos, en los huertos, proveyendo al campurriano de nuestra madera, corteza, hojas y frutos –respondió orgulloso el viejo roble.

—¡Por la Virgen del Abra! ¡Qué empalago de árbol! Nuestras aguas nacen al pie de los neveros entre las garmas y las pedreras de Pidruecos, el Chivo y Cuencagén y en las sierras de Hijar y Palombera, formando arroyos y ríos torrentosos que se ramifican por los valles como arterias, venas y nervios, fortaleciendo y dando vigor a toda la comarca. Con nuestro agua se han nutrido los pastos, se ha saciado la sed del ganado y regado cosechas; han molido los molinos maquileros, han forjado los martillos de las ferrerías y los pilones de los canteros, incluso se ha creado un mar de agua dulce interior. Sin agua no hay vida posible, amigo roble. Tú mismo no existirías si tus raíces no se abastecieran de mí. Por San Roque, ya me dirás si esto no es vincularse de por vida a esta tierra y sus habitantes.

—¡Anda! Deja en paz a los santos ¿Dices que con tu agua los martillos han forjado el hierro de las ferrerías y los pilones han tallado las piedras de los canteros? –le preguntó el roble visiblemente amoscado-. Debieras saber que durante cientos de años los robles más bravos de los bosques de Campoo han sido derribados a golpe de hacha y arrastrados por las trichorias para servir de carbón de leña en los hornos de las ferrerías. La madera de los árboles más lustrosos ha sido empleada en la industria de la carretería para construir aquellos pesados carros “chillones” que desde Reinosa, por el Camino Real, iban y venían de Alar y Santander cargados de mercaderías, y que la conducción del agua de tus parientes hasta los pilones de los canteros se ha hecho con canalones sacados de airosas hayas ahuecadas a golpe de azuela y madreca. Los mejores troncos de los árboles han sido destinados para atender las mil necesidades de los habitantes de la Merindad de Campoo. Cosas grandes, medianas y menudas, todo, todo de madera: aperos de labranza, colodras, artesas, zapitas, garauja diversa, horcas, rastrillos, bieldos, trillos, dujos, armaduras de carro, rabonas, cambas, yugos, cebillas, albarcas, vigas para casas y pajares, para monasterios y ermitas, portones para la cuadra, portillas para el corral, escaños, traviesas para el ferrocarril, leña para calentar el hogar… todo de madera. No hay un lugar, corralada, calleja o prado en donde no haya orcinas por el suelo. Como ves, los árboles hemos contribuido con nuestra sabia al desarrollo y la prosperidad de estos pueblos más que nadie.

 

La conversación entre los espíritus arbóreo y fluvial era machacona y tozuda como la de los viejos lugareños cuando juegan a la brisca en la taberna y repasan las jugadas. Mateo estuvo acurrucado en la solana resguardándose del frío y de ser descubierto por aquellos seres, ninfas de los árboles y de los manantiales o lo que fueran. Tenía los pies y las manos heladas y tiritaba tanto de frío como de estupor, impresionado por aquel extraño suceso.

A punto estuvo de llamar a sus padres que dormían apaciblemente, pero ¿qué les hubiera contado? ¿Qué credibilidad tenía la historia de un mozo que acababa de correr una juerga cantando marzas a las mozas por las callejas de los pueblos?

En estos pensamientos estaba Mateo, cuando de pronto, entre la maleza del monte agobiada por la nieve, apareció un enorme oso pardo que, zigzagueando y con andadura lenta, descendió por los prados nevados hasta la orilla del arroyo donde, sorprendentemente para Mateo, el oso se revolcó por la nieve y después se aposentó manso y torpe junto al tronco del venerable roble.

 

—¡Coila! ¡El que faltaba! Por tu andar veo que el reuma hace estragos en tus cuartos traseros –exclamó el roble con cierta retranca irónica mientras el arroyo le reía la gracia.

—Los mismos que la carcoma hace en tu madera atabanada y las bacterias en las aguas moñigueras del regato -respondió el oso con un gruñido insolente- Hace rato que os escucho y debo recordaros que mi estirpe campurriana es tanto o más que la vuestra. Pertenezco al rancio linaje de Brannia Osaria y mis antepasados poblaban estas tierras mucho antes que los humanos. Como ser vivo de sangre caliente, mi semejanza con el hombre que aquí habita es menos dispar que las de un río o un árbol. En esto estaréis de acuerdo, supongo. Campoo significa: “lugar de campos”. Como los pastores que con sus cabañas ganaderas y rebaños recorren estos campos abiertos de braña en braña, de sel en sel y de puerto en puerto, de igual manera camino errante mis asentamientos en las montañas desde el Pico Cordel a los Puertos de Sejos y Palombera, la Sierra de Hijar, el Abra Vieja, el Canchal de la Muela, Peña Sestil y Valdecebollas. Conozco como nadie los altos y solitarios páramos, los bosques y los montes de rincones umbríos: Solana, Milagro, Albarqueros, Gulatrapa, Suano, Izara, Orzales, Guariza…, todos los recorro jorrascando entre la maleza y buscando mi sustento. Valoro como nadie las delicias gastronómicas de estos parajes: manzanas silvestres, guindas, mayuetas, ráspanos, andriniegas, setas, castañas, hayucos, bellotas y panales de miel de los que me doy buenos atracones. Cantidad de veces se me ha hecho la boca agua contemplando la rumia parsimoniosa de las yeguas y tudancas encampanadas y de los corderos merinos pero, por encima de todo, respeto a los ganaderos de Campoo. Bueno, en alguna ocasión mi glotonería me ha llevado hasta los dujos de las fincas y los patatales de las mieses, pero nunca ha pasado de ahí mi osadía. Al igual que los habitantes campurrianos, mi estirpe osera ha tenido que sobrevivir en condiciones adversas soportando el frio y las celliscas del invierno, y la sequía y el sol de justicia del verano. Por esto, aceptando que me alimento de vuestros frutos y bebo de vuestras aguas, debéis reconocer que como oso, estoy más identificado con los hombres que un árbol o un río.

 

A la madrugada el cielo se desembozó de las nubes y los intensos copos de nieve cesaron. Con la amanecida del primer día de marzo, la porfía por la prosapia campurriana entre el árbol, el rio y la bestia fue decayendo. El roble y el arroyo no supieron que replicar a las convincentes reflexiones del patriarca de los osos.

Sin llegar a disipar del todo su temor y perplejidad, Mateo, ignorando el frío y el sueño, se había deleitado escuchando a aquellos seres, reales o imaginarios, debatir sobre su idiosincrasia campurriana.

Todavía de noche, el rechino de la puerta de una casa rompió la quietud del pueblo sumido en el sueño del descanso. Un hombre seguido de una mujer, desafiando la espesa nevada, salieron por la corralada ataviados con recios ropajes de abrigo. Él, con una pelliza parda de paño gordo, un enorme paraguas negro colgado del cuello de la pelliza y la picona hundida en la cabeza con las alas cubriéndole las orejas. Ella, con varios manteos, uno sobre otro, cubiertos con una gruesa y pesada saya, medias de lana cruda de oveja y un pañuelo de tapabocas. Y ambos, con altos escarpines de sayal abotonados, albarcas con barajones de abedul y un recio palo pintu en la mano para no resbalar.

Desde el interior de una cuadra se oyó la voz cascada de un viejo que madrugador trajinaba con el ganado.

 

—¡Eh, Julianucu! ¿Ónde vais tan tempranu con esta nevá?

—Ná, Jorrín. Una promesa. A ver a la Virgen de Montesclaros y darle las gracias. Es por lo de la Tasuga recién parida y el jatacu que ya sanaron gracias a Dios.

 

Mateo quiso advertir a sus vecinos de la presencia del plantígrado y no se le ocurrió otra cosa que gritar desde la solana.

 

—¡Cuidao! ¡En el río junto al huertu hay un oso campurriano!

—¡Anda a dormir la jumera, Mateo! ¡Campurrianos somos nosotros, los de Campoo! –le respondió Julianucu sin hacer puñetero caso al mozo marcero.

 

Mateo, cauto, echó una ojeada hacia el río y, para su sorpresa, no vio a ningún oso.

La nieve que rodeaba el árbol era nieve virgen no hollada por ningún animal. El ramaje del vetusto roble permanecía en una quietud serena con sus quimas desnudas y escarchadas, y el arroyo fluía tranquilo y silencioso, atenazado entre las orillas repletas de nieve. Mateo volvió la mirada hacia Julianucu y su mujer. Veía como se alejaban camino de Montesclaros por un imperativo del alma, hundiéndose en la espesa nieve de la cambera, formando parte integrante de aquel bello y bravío paisaje. Esto sí que era una visión estupenda del alma campurriana. Entonces comprendió lo que hay de sustancial en el viejo roble, en el arroyo de montaña, en el oso solitario y en el hombre ganadero, paradigmas de la autenticidad de Campoo.

Estas cosas extraordinarias sólo pueden suceder en algunos los pueblos cántabros en una mágica noche de Marzas como ésta.

 

 F I N

ARMANDO MIGUEL MARTÍN
1º PREMIO “IV CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Campurrianos)