» 3º PREMIO RELATO CORTO 2016


UNA VISITA INESPERADA

 

“Y en mucho más lejanos fondos, la gallarda y gigante sierra cantábrica con sus altísimos picos desafiando a las nubes y sobrepujándolas en altura, con sus hermosas líneas ondulantes, con sus cumbres cubiertas de nieve y sus grandes laderas pobladas de bosques siempre verdes (…)”
 Luis Mazorra

 

La tarde caía sobre las montañas que se podían columbrar hacia el sur. Las dos grandes sierras que parecían gigantes acechando la bahía estaban siempre presentes en la mente de José María. Desde su ventana en la casa de la capital y desde el jardín del pueblo, las magníficas moles pétreas penetraban en sus sueños con sus agudos picos de cumbres nevadas. Sabía lo que debía escribir después de su última obra marinera, un canto a las tierras altas, sentía que tenía una deuda con aquellos hombres y sus costumbres antiguas, con aquella existencia aislada que sus amigos siempre tildaban de pura y alejada de los vaivenes de hogaño. Recordaba cómo le explicaban con fervor el ajetreado trabajo en las mieses, cómo los carros chirriaban cargados de hierba y cómo los molinos del Híjar y del Ebro trituraban el trigo sin descanso. Vislumbraba, con su encendida imaginación, las aldeas como retazos de antaño, cuando la vida transcurría plácidamente entre hilas y lares, tonadas y bailes en las romerías de las ferias.

Tal vez la nostalgia o tal vez los cambios, a los que estaba siendo sometido por los tiempos que corrían veloces, hacían mella en él. Ya no era joven, sus amigos tampoco y sentía que aún le faltaba escribir un canto a la naturaleza abrupta, virgen y casi siempre nevada de los pueblos altos. Los que estaban más allá de su Montaña natal.

Una tarde, exactamente una semana después de sus solitarias disquisiciones, se armó de valor y en la tertulia que había en su casa con ilustres personajes anunció que barruntaba componer una nueva novela sobre las aldeas altas. Demetrio que asistía como amigo y también como ganador del concurso literario de la Sociedad Cantábrica de Amigos del País, se sobrexcitó al oír aquello de su ilustre y admirado José María.

 

—Muy callado se lo tenía usted, don José María— repuso Demetrio.

—No es nada de particular, don Demetrio, un homenaje a su tierra, y casi también a usted que no quiere publicar sus excelentes cuadros de Reinosa…

—No es lo mismo y lo sabe usted bien, después de Sotileza… no se puede escribir algo mejor.

—En eso estamos mi buen amigo, en eso estamos…

 

José María leyó el borrador del segundo capítulo a sus invitados. Serafín y Joaquín emitieron comentarios elogiosos sobre las descripciones de la naturaleza de aquel valle casi desconocido. Demetrio puntualizó algunos detalles sobre Campoo, y se regocijó mucho al oír cómo se mencionaba Iuliobriga, sobre todo porque él fue el primero que describió en un texto los restos de los antiguos campurriano-romanos y ahora José María los haría famosos al formar parte de su nueva historia.

Pereda escuchaba, pero su inquietud no le dejaba atender los comentarios agudísimos de sus contertulios y amigos. Cuando la sesión terminó y todos se marcharon Pereda brujuleó por el muelle con Demetrio. Hablaron de sus obras y sus personajes y José María se contentó con las apreciaciones y comentarios que le hacía el reinosano sobre Campoo. Pereda con el semblante serio y algo inclinado hacia delante, como si portase cierta carga en su espalda, se despidió del pequeño, bamboleante —debido a su marcada cojera— y bonachón periodista.

 

—Ya disertaremos otro día, pensaré en lo hablado esta noche, pero creo que…

 

Sin terminar la oración, la levita negra de Pereda voló sobre sus pasos, y girando se encaminó de nuevo a su casa, Duque observó como la figura larga y delgada del eximio escritor se adentraba en la oscuridad del paseo frente al muelle donde estaban atracadas las barquías.

 

II

 

El estío llegaba a su fin. Pereda, aún nervioso por su nuevo proyecto y bastante taciturno, no podía escribir, percibía vagamente que necesitaba un nuevo y puro aliento que le ayudara en la redacción de sus cuartillas, daba vueltas por las amplias estancias de su casa, rumiando su descontento. Una mañana se levantó temprano y sin pensarlo apenas, ni dudarlo, salió con un pequeño maletín hacia la calle de Becedo, lugar donde aun podía coger una de las últimas diligencias que hacían todavía el trayecto hacia Palencia, ya que el ferrocarril había menguado considerablemente el uso del tiro de caballos. Aferrado a la tradición y rememorando sus viajes de juventud eligió un asiento de interior, cercano a la ventanilla y mullido, de lana recién oreada. La diligencia con una recua de seis caballos salió de la capital rumbo a Reinosa. Las más de 33 leguas que había entre ambas villas las pasó Pereda observando el panorama —que se veía a través de la pequeña ventana— con penetrante mirada, apuntando todo lo que sucedía a su paso. Iniciada la subida, y dejadas atrás las últimas casas de Bárcena de Pie de Concha pudo vislumbrar los constantes cambios en el paisaje, las hoces negras del Besaya a su derecha, los riscos de Aguayo a la izquierda. El Camino Real también había sufrido el feroz ataque del ferrocarril, pero aún había un tráfico abundante y los carros que se movían lentamente entre Campoo y Bárcena seguían transportando mercancías. La animación era grande y el griterío y los chirridos de las carretas, le hicieron rememorar el relato de Demetrio y a su protagonista Neles, y se acordó de cómo Duque y Merino cambió el título de aquella escena rural por las indicaciones que él le dio. También recordaba a su carretero, Cutres, y su carro que trepaba hoces arriba hasta llegar a Lantueno y después a Reinosa. La tarde iba decayendo y el desfiladero horadado por la paciencia del Besaya parecía no acabarse jamás. Las obras del ferrocarril habían abierto bocas enormes en mitad de los montes. En Pesquera la diligencia paró durante un rato para que descansaran los caballos. La ferrería y el molino mantenían una estampa de gran ajetreo entre el humo del tren y los chillidos de la ruedas de los carros. La oscuridad se cernía sobre el camino y la calígine descendía amenazante por los peñascos. La masa blancuzca cubría ya las crestas. Al rato la diligencia partió y ya, acercándose al hitón que marcaba la delimitación entre Enmedio y Reinosa, se podía observar el valle abierto de Campoo que desde Cañeda configuraba una extensión llana en cuyo centro destacaba Reinosa, con su caserío en torno a la torre de la iglesia, que emulaba un faro roquero. Pereda se extasió con aquella vista que ya apenas recordaba pero que había contemplado años atrás. Aquel viaje largo, agitado y polvoriento, dejó muy maltrecho a José María. En Reinosa nadie le esperaba ya que su partida repentina, provocada por la desazón de sus aún blancas cuartillas, no le fue comunicada a nadie, por lo que tuvo que buscar habitación para pasar la noche en el hospedaje de Valenciaga, moderno y acogedor lugar, cercano a la parroquia. Merodeó por la calle Mayor y recordó su ya lejana mocedad cuando solía visitar alguna vez la villa. Se acercó hasta la casa de los Calderón Collantes y observó su sólida piedra y sus balcones recién construidos y frente a ella el proporcionado edificio de la vieja parada de postas, donde aún se podía dormir en sus amplias y ventiladas habitaciones.

 

III

 

La noche la pasó inquieta. Temores, ensueños y sobresaltos atacaron al escritor durante aquella fresca madrugada. A la mañana siguiente, muy temprano, salió del alojamiento y el biruji del valle le consoló, el frío le despejó su mente aletargada y le ayudó a tener las ideas más claras, como si la altura, el verde y las cumbres circundantes le hablaran por fin. El sol despuntó iluminando desde su nacimiento la muralla pétrea de la sierra de Híjar. Pereda evocó su penosa ascensión al Cuchillón y Peña Labra en una visita anterior. También recordó los pueblos y a sus gentes afanándose en el campo o con el ganado, rememoró su etapa en Cortes, sus propuestas para el valle, recordó a sus señorías y cómo renovaron, con su ayuda, los acuerdos entre Campoo y Cabuérniga, símbolo inequívoco de los tiempos pretéritos.

El día, aun fresco, animó a Pereda a callejear por la villa antes de tomar la calesa “La Reinosana” que le llevaría a su objetivo. Reinosa también había cambiado. La moderna industria de vidrio de su amigo Adolfo funcionaba a todo ritmo cercana al río, aunque los carros seguían recorriendo la calzada con su paso perezoso y antiguo, sobre todo en ese día de feria, en que se veían toda clase de vendedores, desde los albarqueros de Mazandrero hasta las mujeres con las mieles de brezo de Las Costeras o de Celada, o los puestos de telas, potes y aperos que se disponían sobre las aceras para que los viandantes pudieran apreciar la mercancía. La animación entre tanto transeúnte le recordó sus escenas montañesas y los cuadros que describía Duque y Merino en sus tiernos y precisos relatos sobre el valle.

Traveseó la calle del Puente bien adoquinada y la cruzó llegando hacia la plaza del Espolón. La iglesia se levantaba sobria, tras ella aun quedaban los restos de la antigua muralla y un escaso regato que bajaba dividiendo la carretera hasta el Ebro.

Desde allí partió en una berlina marrón tirada por dos yeguas. En el pescante el conductor inició la marcha por el camino del nuevo cementerio hacia Nestares. Pereda contempló desde su asiento la agreste vegetación y los grandes álamos que vigilaban los prados en una larga fila cerca del río. El camino se le antojó hermoso, el valle ancho, cerrado por las solidas moles, tanto al este como al norte. El sol dibujaba sombras de árboles y montes. El carruaje iba saltando sobre el terrero irregular y Pereda, más animado, divisó a lo lejos el pueblo. Al acercarse a él, adelantada al resto, lo primero que se veía era la enhiesta torre medieval. Los arcos y las pequeñas ventanas evocaban tiempos de hidalguía, cuando poseer una casa fuerte solo era posibilidad de algunos privilegiados, como lo era su amigo y casi mentor Ángel de los Ríos, y señor de los Ríos, aunque se decía, con sorna, que en La Montaña todos eran nobles o hidalgos.

 

IV

 

De espaldas al mundo, Ángel tenía la figura alargada, distinguida y enjuta, levita de tres cuartos de paño negro, nariz aguileña y barba canosa, sombrero de ala ancha y un rostro concentrado y distante, sembrado de arrugas. José María, diez años más joven, se acercó a él, se miraron, y como si no hubiese pasado el tiempo, se estrecharon las manos efusivamente. Se sintieron rejuvenecidos, aunque los dos, ya ancianos, no tenían la vitalidad de antes, don Ángel apesadumbrado por su falta de oído y Pereda obsesionado por su falta de inspiración.

 

—Querido amigo ¿qué le trae por estas ásperas tierras?

—La esperanza de continuar mi obra. En estas abruptas montañas tengo que ambientar la novela que describa al pueblo y sobre todo su espíritu y la tradición.

 

Andando, andando recordaron los tiempos en que estuvieron en las Cortes y los viajes a la búsqueda de votos por las aldeas de Campoo y Palencia. Ángel de los Ríos entendía a Pereda y sus intenciones de retratar la vida rural y sus valores frente al ruidoso y veloz mundo moderno, y entre pausas, charlas, disquisiciones y comentarios les dio casi la atardecida.

La torre de Proaño era el lugar idóneo para reflejar aquella vida de antaño, era la metáfora perfecta, piedra erguida resistiendo frente al avance de los tiempos, memoria perenne de la historia gloriosa, un pasado que ya no volvería preservado en los recuerdos y en las novelas y cuentos que se escribiesen relatando las costumbres y el saber del pueblo.

El sol caía por el Liguardi, y el cielo de esa tarde del final del estío se teñía de malva y púrpura. Un aire frío soplaba por las laderas de las montañas. Las casas hermoseaban al bañarlas una luz anaranjada, y en la calma que antecede a la noche se oían mugidos y ladridos. Cerca del río unos mozos mojaban la oreja a otros y empezaron el aluche, rivalidad entre pueblos, rivalidad por la moza que había sido enramada por uno de ellos, seguramente.

La torre se perdía entre las sombras, al igual que Pereda y el señor de los Ríos tras la puerta entornada. La cena humeaba en la mesa. La leña de la chimenea crepitaba con alegre regularidad, el tiempo, lejos de la capital, se detenía. Pereda rememoró en silencio su casa natal, tan parecida a aquella, mientras Ángel se afanaba en buscar un libro entre los plúteos cercanos a la chimenea. Dos hombres frente a un destino.

La noche se cerró sobre Campoo. En las casas los abuelos contaban historias de cacerías de lobos. Los niños escuchaban atentos. En alguna habitación cercana se narraban historias del señor de Proaño…

 

V

 

Amanecía. Ángel y José María habían planeado la jornada. La noche les había dado mucho de sí. Parlamentaron de todo, política e historia, familia y sociedad, pero sobre todo del nuevo proyecto de Pereda. También apareció en el diálogo, Duque y Merino, que con su trabajo sobre Iuliobriga había abierto las puerta a otros descubrimientos de época remota como los que Ángel enseñaría a José María en la ascensión a su refugio de Tajahierro, lugar donde, como un ermitaño, Ángel escribía y escribía.

La mañana campurriana invitaba al paseo. Una vez llegados a la venta, los dos escritores se sentaron en el poyo cerca de la puerta. La subida fue dura, pero Pereda tenía ansias de apresar de nuevo esa sensación, la de la pura naturaleza en toda su magnificencia incólume. El paisaje amplio, pardo e inhóspito le sirvió a Pereda para planear cómo ilustrar su novela. Ángel le indicó el difícil camino hacia Tudanca, que se precipitaba por bosques cerrados y cuestas sin fin, y también le enseñó su mayor descubrimiento: unas piedras hincadas en círculo con grabados extraños que representaban, según él creía, algún tipo de ídolo. Sejos era un gran puerto circundado por montes y nubes dispersas en donde las vacas pastaban el llano, mientras las cumbres y el cielo azul dibujaban un paisaje agreste y verde.

Pereda respiró el aire de Campoo y ese aire le infundió el ánimo que necesitaba para acabar su novela.

 

—Acuérdese José María, tres Campoes, y Reinosa en mitad del valle. Todos distintos pero iguales. Subiendo por aquí y siguiendo esa trocha, hacia el norte se llega hasta el Nansa.

—Lo veo claro ahora, por aquí pasará mi personaje, primero espantado y huraño, pero, poco a poco, se convencerá de que no hay nada mejor que esta vida que se nos va. Marcelo será nuestro pálido reflejo.

 

La mañana se agotaba. Unos pastores conducían el ganado por el cordal, vacas tudancas y alguna, muy pocas, de raza campurriana.

 

—Y no se olvide, siempre arriba, siempre y andando, andando, peñas arriba para llegar a Tudanca.

 

Pereda no lo olvidaría nunca. Proaño se convirtió, con su último señor, en una metáfora de aquello que fue el final de una estirpe, el final de una raza, el fin de una época.

Campoo se sumió en el silencio tranquilo sólo interrumpido por el ruido de un disparo de escopeta.

Sólo una cruz en una página refleja el ruido y el silencio…

 

—Acuérdese, siempre peñas arriba…

 

DANIEL GUERRA DE VIANA
3º PREMIO “IV CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Campurrianos)