» 1º PREMIO RELATO CORTO 2017


MAREA MUERTA

 

Me había llegado hasta el Molino de Mareas con una botella de vino en la mano, la muerte de mi padre sobre mis hombros y un sabor a hiel posado en los labios, que pensaba deslavar a tragos. Había encontrado aquella botella en la bodeguilla de mi padre, entre los sacos raídos. Sabía que encontraría alguna ahí, porque era donde las escondía cuando aún vivía madre, y le juraba por la estampa de San Esteban que no había bebido un trago desde que se lo prohibiese el matasanos, aunque la nariz colorada y las mejillas rusientes admitían lo que sus labios, charlatanes y vocingleros como pocos, negaban. Allí encontré esa botellita de Muga, empolvada, pero igual de atractiva. Agarré un sacacorchos de la cocina y me eché a la calle, desnortado, caminando hacia cualquier lugar donde no oliera a muerto y el fantasma de mi padre no me escupiera el pecado de mi abandono. Porque, a fin de cuentas, eso es lo que había hecho; abandonarle, aun cuando sabía que no tenía a nadie más que a mí, y en la ciudad, en esa urbe deshumanizada donde dejaba transcurrir con desidia mi día a día, me quedaban pocos alicientes desde que Elena se fuera, llevándose consigo a los dos niños, las escrituras del apartamento y las pocas ganas de sonreír que ya me menguaban a pasos agigantados durante los dos últimos años de martirmonio. Podía haber vuelto a Argoños con él. No será porque no me lo pidiera pocas veces; las primeras para que volviera a encontrar mi camino, las siguientes porque no lograba recordar el suyo. Pero ni en unas ni en otras acepté la oferta, y sólo regresé cuando me llamaron para decirme que había muerto, solo, en casa, frente a uno de sus amados libros, mientras en la radio, que se mantuvo encendida hasta que los sanitarios recogieron su cuerpo exánime, la apagaron en el preciso instante en que una emisora regional informaba de una nueva derrota del Racing, esta vez contra el Marino de Luanco. Al menos la parca le concedió la dudosa bendición de no tener que soportar una nueva decepción del equipo que otrora, tantas alegrías le había dado.

Me cuesta reconocer en mi negativa a volver a Argoños un motivo que no fuera el desarraigo. Había huido de la ruralidad del pueblo, del murmullo de cuartillos entreabiertos, de los rumores propios y ajenos, de que el medio millar de almas que se negaban a dejar morir la villa supieran todo de tu vida. Regresar suponía perder el anonimato en el que me sumergía en la ciudad, donde las caras se olvidan con el paso del siguiente rostro, y quien así lo desea, e incluso quienes no, pueden convertirse en engranajes ignotos de una sociedad que no entiende de abrazos y empatías. Ahí me sentía seguro, inmiscuido en la soledad del taciturno, mucho más después de que mi mujer me dejara, algo que no podría reprocharle, como no lo hacía por el hecho de que se hubiera llevado a los niños y que a los ocho meses de separación ya se estuviera acostando con un compañero de trabajo. Me había propuesto ser una sombra, una de esas sin rostro, sin labios ni ojos, que uno se encuentra constantemente en sus paseos por la ciudad, y que ya ha olvidado incluso cuando aún la sigue contemplando. Las sombras no entienden de amor y no saben conservarlo. No, no saben ni de lo uno, ni de lo otro.

Quizás por ese mismo motivo no me atrevía a mirar hacia los costados mientras deambulaba por las breves calles de mi pueblo natal, de camino al barrio de Ancillo, donde se encontraba uno de los molinos de mareas que visitaba en mi niñez. Quizá mi rincón predilecto de infancia. Incluso mientras caminaba  hacia ese lugar, regalando de vez en cuando un beso largo al gollete de la botella de tinto, creía ser de nuevo ese doncel con un horizonte sin bruma, que crecía en su pueblo sin más preocupación que lograr un beso de Carmencita, que el último suspenso en matemáticas hubiera sido algo aislado y que el Racing jugara de una vez por todas la UEFA. Huelga decir que no conseguí ninguno de esos tres propósitos, y eso que presté especial énfasis, al menos en lograr el primero de ellos.

Para cuando alcancé la costa que era besada con calma por la suave espuma del Cantábrico, la botella ya mediaba y mi vista no era tan nítida como lo había sido en la casa de mi padre. Junto al camino, apoyada sobre la fachada exterior del otrora molino de mareas, reconvertido en un Centro de Interpretación de la marisma, había una antiquísima moto, una Guzzi de aspecto cochambroso, sin matrícula, que parecía poder deshacerse en polvo y óxido si llegaba a acariciarla con mi mano, como tuve intención de hacer. No sé, había algo equino en ella; un aspecto de jamelgo maltrazado y castigado por el tiempo y las injusticias que suelen condenar a las bestias de tiro. Incluso me pareció que, al acercar la palma de la mano al amarillento foco delantero de la motocicleta, un aliento húmedo y frío me alcanzaba. Retiré la mano con rapidez y acaricié los pulpejos de los dedos entre sí, mientras seguía caminando hacia el interior de la ría, descendiendo a la playa, formada a merced de  la marea muerta, que hacía descender el mordisco del mar casi cuatro metros.

—Hay que ser idiota —bisbiseé, mientras trastabillaba sobre la arena apelmazada de la playa, recordando el episodio que acababa de vivir con el supuesto aliento de la Guzzi sin matrícula—. ¿Qué esperabas, que relinchase? —añadí, mientras dejaba caer mis posaderas sobre la arena y una piedra, del tamaño de una bola de billar, me hacía retorcerme de dolor y soltar la botella, que rodó sobre la arena hasta chocar contra unos pies desnudos y renegridos.

En cuanto me recobré del golpe, sin dudarlo, ni importarme quién pudiera ser el dueño de los desastrados calzos junto a los que se había detenido la botella, alargué el brazo hasta alcanzarla. Me senté sobre la arena y me regalé un nuevo trago de forma mecánica. Había llegado a ese momento en el que se bebe sin ser capaz de rescatar los matices, y lo haces por seguir inoculando alcohol en las venas, aumentando la intensidad de la nebulosa entre la que me movía, ralentizado.

—Nunca ha sido bueno la bebida contenida en pellejo o cristal, si nos nubla el juicio. Créame, mi buen amigo —dijo la voz del hombre, de cuyos pies había rescatado la botella.

—Ya —admití, antes de dar un nuevo trago, que prácticamente liquidó el contenido—. No he venido hasta aquí para sermones, así que…—dejé colgando.

—Ya imagino, supongo que se habrá llegado hasta este paraje para admirar la estampa, para dejarse besar por la sal de estas aguas frías, por contemplar ese horizonte brumoso, por escuchar el susurro de esta mar misteriosa, por dejarse llevar por el embrujo de un lugar bucólico —recitó con solemnidad.

—No, sólo he venido a beber esta jodida botella de vino y a despedir a un padre que se ha muerto solo —le espeté con crudeza.

—¿Cómo se llama este lugar?

—¿No sabe dónde está?

—Diría que en el paraíso, pero no creo que así sea —me rebatió con un tono de voz amable, casi compasivo—. Sé que esto es Argoños, pero no conozco mi ubicación exacta, simplemente sabía que tenía que venir aquí y encontrar a un perdido con su propia marea muerta.

Miré al hombre a través de la cortina brumosa que me infundía el vino bebido con demasiada prisa y ansiedad. Era un hombre de edad, que frisaría la séptima década con facilidad. De tallo flaco y espalda encorvada, vestía unos bombachos holgados, que en tiempos debieron ser blancos, y un blusón varias tallas mayor al que precisaba, abierto sobre el busto, dejando entrever un pecho huesudo poblado por un escaso vello albo. Su rostro, arrugado y cuarteado, como el de un campesino, estaba decorado por una barba picuda y un bigote de ribete, ambos de color argénteo. La ausencia de pelo sobre la frente, donde tan sólo una cenefa estrecha de pelo igual de encanado, rodeaba la testa, brillaba a merced del sol de una primavera espacialmente cálida. Había algo en él, no sé, tan familiar como extraño. Ese tipo de parecidos sin referencia, que hacen que sintamos una simpatía especial e inmediata, por alguien a quien acabamos de conocer.

—El molino de Jado, este lugar es el molino de Jado —le respondí, mientras tanteaba la botella en el aire, y la incrustaba sobre el suelo boca abajo, dejando que la playa, antes de que la marea reviviera, tuviera oportunidad de saborear aquel caldo riojano.

—Supongo que tu padre vivió aquí mucho tiempo, en este hermoso pueblo.

—Y yo de crío, pero me fui, estos pueblos tienen un poco de cárcel de oro, si te quedas puedes enamorarte de ellos sin saber que estás atrapado —razoné en un susurro.

—No, amigo, las cárceles las llevamos dentro, no son las calles en las que vivimos. Te lo digo yo, que llevo siglos recorriendo los mismos páramos, a lomos de la misma montura, con la misma compañía y adversarios.

Si tan sólo se me hubiera permitido una aventura en este lugar, una batalla en la playa contra un ilustre corsario, quizá una reyerta contra los insurrectos que quisieran mancillar el honor de esta tierra transmerana. ¡Oh, pardiez, vaya si me hubiera gustado!

—¿De dónde viene usted?

—De donde no hay mar, sólo estepa.

—¿Y no tiene nombre esa estepa?

El anciano sonrió con tristeza, como si acabara de recordar que se debía a un lugar al que debía regresar con premura, y la partida le infundiera una tristeza desmedida.

—Quizá debieras preguntárselo a tu padre, Santiago —me respondió, mientras se ponía en pie y se desprendía la arena granillosa que se le adhería al ropaje—. Fue él quien me dijo que las dudas y la pena te traerían a este lugar, y que sería bueno que alguien te recordara que nadie es preso en su hogar, y que el abrazo de un vecino vale más que cualquier dudosa comodidad de esa urbe que dices amar.

Quise ponerme en pie y preguntarle quién demonios era, por qué sabía eso de mí y de qué conocía a mi padre. Pero había bebido demasiado y antes de poder reincorporarme volví a caer de costado. Así, con una rodilla clavada en la arena y una mano al aire, tapando el sol de justicia, vi como el hombre caminaba hasta la motocicleta, la montaba como si fuera un viejo rocín, y huía hacia donde le estarían aguardando las aventuras que mi padre me narraba de chico, en aquella orilla, con la marea muerta, al abrigo de un susurro marino que bendecía el orgullo de saberse miembro de una tierra orgullosa, cargada de tradición y pasión.

Me levanté al cabo de un rato, cuando la marea comenzaba a renacer y le restaba metros a la playa, alzando botes y aperos marítimos. Regresé a casa mirando a mi alrededor con ojos de niño, de ese mismo crío que se redescubría años después, envidiando tiempos pretéritos, antes de que aquel lugar fuera un ancla y no una almohada sobre la que descansar y sentirse protegido.

Al llegar a la casa de mi padre, donde el olor que antes había detestado, ahora me parecía el más amable de los perfumes, caminé sin dudar hasta la butaca de lectura de mi padre y recogí el libro que descansaba sobre la mesita. Salí a la terraza, me senté sobre el suelo y abrí la novela allí donde mi padre, en una de las numerosas relecturas que se había regalado de aquella obra—su favorita, junto a Miau y Platero y yo—, había dejado a modo de marcapáginas una vieja foto en sepia, en la que se nos veía a ambos, sentados en el molino del barrio de Ancillo, con aquel mismo libro sobre las piernas.

—Mientras tengas este libro y a este pueblo, nunca te faltará un amigo y un lugar donde sentirte en casa —solía decirme entonces.

Comencé a leer las aventuras de Alonso Quijano.

 

Acudid, señores, presto y socorred a mi señor, que anda envuelto en la más reñida y trabada batalla que mis ojos han visto. ¡Vive Dios que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la señora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza cercen a cercen, como si fuera un nabo!

 

Sonreí como solo puede hacerlo quien acaba de reencontrarse con un amigo, y antes de seguir con la lectura miré hacia la calle, justo en el momento en el que Carmen, la hija del antiguo boticario, por la que tanto suspiré en mi mocedad, cruzaba frente a mi puerta. Aun con la distancia que nos separaba pude rescatar el detalle de una huella macilenta en su anular, como si se hubiera despojado de una alianza no hacía mucho, después de haberla vestido, sin duda durante demasiado tiempo.

—Lamento tu pérdida, Samuel, y bienvenido a casa —dijo, sin cesar el paso, sobre cuyas caderas podía haberse mareado el más avezado de los marinos.

No le respondí, le devolví la sonrisa y regresé a la lectura de aquel libro, donde un viejo amigo se prestaba a batirse en un amable duelo con un antiguo y necesitado lector. Podía haberle agradecido el gesto, e incluso haberla invitado a tomar algo, pero no había prisa. Nunca las hay cuando estás en casa, y sientes que la marea dejará de estar muerta.

 

ERNESTO TUBÍA LANDERAS (Haro / La Rioja)
1º PREMIO “V CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Trasmeranos)