» 2º PREMIO RELATO CORTO 2017


LAS CAMPANAS DEL MAR

 

 “Si te casas en Ramales,
te llamarán ramaliega
y si es en las Siete Villas
te llamarán campanera”
(Canción popular)

 

Al cuerpo de Hortensio Meruelo Soano lo nacieron en la villa de Ajo. Pero, que lo recuerde ahora mismo, le conocíamos por el sobrenombre de El Trasmerano. Tenía a buena honra —y de ello  presumía—  ser de raza cántabra, como otros lucen la estirpe calé. Y más, a sabiendas, de que sus antepasados habían sido unos afamados maestros campaneros y pedreros, adornando con sus quehaceres y artes exquisitos no pocas iglesias y palacios desde España a Flandes; participando, incluso, en la fundición de la soberbia campana de Toledo. Y no sé yo si también en las de Huesca. Allá por su juventud  contrajo bodas con Aniana, natural  del pueblo zamorano de Santa María del Pan, con la que se casaría a la edad propia. Aniana Monzilla Cuetos era hija de Pascual Monzilla, apodado El Campana por ser el sacristán y campanero inigualable de la iglesia de Santa María. Por la destreza de tañer, de él se afirmaba que era capaz de hacer llorar a las campanas en días de óbito, de hacerlas reír en días de júbilo, de hacerlas gritar en días de rebato. Era un primor este Pascual Monzilla, pues golpeaba aquellos instrumentos a golpes de corazón.

Por el casamiento, y muy a su pesar, Hortensio Meruelo tuvo que abandonar la región de Trasmiera y venirse a la Meseta castellana. Se lo exigía Aniana, su joven esposa.

—Si me quieres, Hortensio, tú te vienes conmigo.

—Tendré que acompañarte,  mujer mía.

—Así mejor, Hortensio.

Sin embargo, Hortensio, jamás puso esquina a su vocación: la de campanero. Acarreaba muy dentro de su sangre toda aquella herencia tan bien custodiaba y desarrollada: la de maestro campanero. Porque, se diría, todas sus carnes despedían un fuerte olor a bronce fundido en la fragua. Y hasta el tono de sus palabras transmitía un son especial, una cadencia parecida al redoble de aquellos avisadores: tin ton.

Allí, en el pueblo de Santa María del Pan, empujado por la fuerza irresistibles de su vocación norteña, abrió un taller denominado La Campanaría de Trasmiera. Se dedicaba a fabricar tantanes de todo tipo y tamaño  para templos y catedrales; para ganados y campanillas de misa; para barcas de pesca y faros de los puertos…Tal fue se fama, su reconocimiento y aplauso, que no quedó ermita de la región que no luciera en su torrecilla mudéjar la obra de Hortensio; unas campanillas que, por su forma de redoblar tan peculiar, soplaban a varios kilómetros a la redonda, ya para convocar a los cultos, llamar a rebato, a ánimas, a clamor, a concejo o difuntos; y otros anuncios tan útiles para los vecinos; marcando los periodos  de la jornadas labriega, o suplicando la oración del Magníficat al mediodía. En el decir de las gentes (¡Qué sé yo!), el Señor Dios les transmitía sus deseos a través del eco de las campanas en su espiritual idioma; o provocaba que los jilgueros entre las retamas cantaran todos a la vez en maravilloso concierto. Era aquello algo misterioso y bello.

Si alguien le preguntara a Hortensio el Trasmerano sobre el porqué de tanto prodigio, él siempre respondía lo mismo:

—Porque mis campanas “detintinábulas”, como las llamaban ya los romanos por aquellas épocas, son bendecidas y bautizadas con agua del mar Cantábrico, de Noja.

Y era cierto: El obispo rociaba con el hisopo el cuerpo de bronce de las campanas más robustas o los esquilones más pesados. De tal modo, que Hortensio Meruelo Soano sacaba pecho, orgulloso de su maravillosa obra, al mismo tiempo que pensaba emocionado:

—“Estas son las cuatro campanas de mi Cantábrico: “la del reloj”, al este de la torre; “la grande”, al oeste; “la pequeña o del muertito”, al sur; y la “de San Pedro” al  norte.  En sus repiques y voleos, en las vibraciones, en los tañidos graves e intensos, oigo y veo navegar, entre olas de sal, los barcos de los pescadores, mis pescadores. Que, cuando doblan aquí los esquilines, los escuchan allá los jornaleros del mar. ¡Sus labradores del mar!”.

Las campanas de Hortensio redoblaban todos los días del año, o casi todos: menos en Semana Santa, desde el Jueves Santo al Sábado Santo. Pero el Domingo de Gloria resucitaban con júbilo y fiesta. Sus badajos golpeaban con ánimo el vacío cuerpo de cobre, inundando de gozos el nuevo nacer redimido del Salvador Cristo.

El espíritu de Hortensio siempre estaba vivo, contento, de fiesta. Vivo y feliz menos aquel día el que dijeron que un cura había vendido las campanas de la iglesia a un anticuario catalán. Entonces, se puso rabioso y blasfemó:

—¡Maldita sea!

Aquella noche invernal El Trasmerano no podía descansar el sueño. Su cuerpo se movía inquieto de un lado al otro de la cama, sin dejar dormir a Aniana Monzilla Cuetos, su esposa.

—¿Te pasa algo? –le preguntaba intranquila la mujer.

Y él:

—Que no puedo dormir y tampoco dejan mis carnes de sudar.

—Estarás enfermo, Hortensio.

—No, pues no.

—¿Entonces, marido?

—Quizá una pesadilla. Eso, una pesadilla.

—¿Pesadilla? ¿Qué pesadilla, marido?

Y respondió apesadumbrado:

—He visto cómo zozobran las embarcaciones del Cantábrico por la fuerza y contraste de los vientos. Y también, que es lo peor, por las espesas nieblas. Los pescadores están desorientados, pueden irse a pique, naufragar por la tormenta…

—¿Qué puedes hacer tú desde aquí, Hortensio?  Digo que nada. Los barcos tienen sus sirenas. Están preparados para afrontar los peligros. No es como antes. Ahora se han modernizado, Hortensio.

Y el hombre respondió secándose el sudor con las sábanas:

—Estás equivocada, Aniana. Su salvación está en las campanillas que fabriqué para ellos y llevan siempre consigo. Si logro que los ecos graves de las campanas de la iglesia de Santa María llegue hasta los barcos y oriente su navegación y rumbo, regresarán al pueblo pronto, sanos y salvos.

—¡Estás loco, Hortensio! ¿Sabes cuántos kilómetros hay desde  aquí hasta allá? Quizá cientos. Anda, hijo; tómate una aspirina y duerme. Estás demasiado cansado de tanto fundir y refundir las campanas. Tienes una obsesión o muchas. Posiblemente cometimos un error…

—¿Qué error, Aniana?

—La de no quedarnos en Ajo, tu tierra, cerca de tu mar y de tu gente presente y pasada.

—Tal vez, mujer.

Aniana tenía razón. El mar Cantábrico estaba lejos. Sin embargo, Hortensio se vistió y salió a la calle, en dirección a la iglesia de Santa María. La mujer lo siguió, despotricando. Ella barruntaba las intenciones del marido: voltear las campanas, llamando la atención del propio Señor Jesucristo y su Santa Madre la Virgen del Carmen para que tendieran sus auxilios sobre los desamparados pescadores.

El Trasmerano Hortensio caminaba con paso decidido, poniendo en trote sus pies. Entonces, le salió al encuentro Pascual Monzilla, el sacristán El Campana, padre de Aniana. Y le preguntó su curiosidad:

—¿Adónde vas tan  deprisa, Hortensio?

—Al campanario —le contestó.

—¿A pillar pichones y palomas, Hortensio?

—A tocar las campanas –afirmó.

—¿A rebato? ¿Ocurre algo? ¿Ves fuego, Hortensio? ¿Algún muerto?

—Son los pescadores del Cantábrico los que me preocupan. No he podido dormir, siempre pensando ellos. La  tempestad los envuelve, las nieblas, las… ¡Ay, Dios!

Así estaban cuando llegó hasta ellos Aniana. La mujer se dirigió a su padre y le dijo, refiriéndose a su marido,  muy alborotada:

—Ya ves éste. Está en tensión y no duerme. Se sobresalta en la cama y tiene alucinaciones. Dice que los marineros de su región sufren la galena y…

—¿Galena? –preguntaba Pascual Manzilla—. ¿Eso es malo?

Hortensio les corrigió:

—No se dice “galena”, eso es otra cosa. Se dice ga-ler-na.

—¿Eso qué es? –insistió El Campana.

Hortensio, resoplando, le aclaró:

—Las galernas son ráfagas borrascosas de viento y frío que agitan peligrosamente las aguas de la costa cantábrica, poniendo en peligro las vidas de los pescadores, mis paisanos. Y, además, por añadidura, los están cerrando el paso las espesas nieblas de noviembre. Están en peligro. Y nosotros podemos ayudarles.

—¿Cómo, Hortensio? –interrogó el sacristán.

—Repicando nuestras campanas. Al oír sus ecos, encontrarán la oportuna orientación para huir de la catástrofe.

Pascual Manzilla pensó que su yerno estaba más que chiflado.

—¿Estás loco, Hortensio?

—No lo estoy protestaba él.

Convenció a su mujer y suegro que lo acompañasen a redoblar los esquilones; que tuvieran fe en Dios, pues el excelso Jesucristo obraría el milagro.

—Como quieras, Hortensio.

Hasta la torre llegaron. Los campaneros repicaban las campanas con fuerza, alborotando a todos los vecinos del pueblo, asustando a las cigüeñas y palomas.

—¿Qué pasa? ¿Qué está pasando? – se preguntaban unos a otros.

—¡Qué sé yo! –se respondía.

Entonces, escucharon la voz de Hortensio que, desde las  ventanas del campanario, gritaba en oración fervorosa:

“Tente nube, tente  nube, / que Dios puede más que tú./ Si eres agua, ven p’acá,/ si eres piedra, vete allá/  siete leguas de mi mar/  y otras tantas más allá./ Tente nube, tente nube,/ que Dios puede más que tú./ Tente nublo redomado,/  que Dios puede más que el diablo. / Tente nube, tente en ti./ Dios lo quiere y manda así./ Deja salir a los barcos./ Deja a los barcos salir/ y el pescador de mi tierra/ venga a su casa a dormir”.

Así estuvieron redoblando las campanas durante unas horas. Al final, fatigado por el golpeo, Hortensio dijo a su esposa, con la paz en los ojos y el júbilo en el corazón:

—Tengo sueño, Aniana; ganas de dormir.

—No me extraña –respondió la mujer, comprensiva.

Regresaron a casa. Hortensio comió algo y se acostó. Estuvo durmiendo toda la tarde. Soñaba ahora con el regreso al puerto de los barcos pescadores. La paz en calma, el sol lúcido, el mar hilvanado de gaviotas. Aniana le despertó para comunicarle algo que le iba a gustar.

—Dice la radio, Hortensio, que los pesqueros del norte han regresado a sus puertos salvos y sanos después de la galena.

—De la galerna –le corrigió feliz—. De la galerna.

—¿Lo sabías?

—Me lo suponía, Aniana.

Las campanas de la iglesia de Santa María del Pan repicaban a gloria. Mañana era fiesta en el pueblo; en el pueblo y en todas las poblaciones del Cantábrico. ¡Era, aquél, el Día del Pescador! ¡El Día de las campanas del mar!

 

JOSÉ GONZÁLEZ TORICES (Zamora)
2º PREMIO “V CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Trasmeranos)