» 3º PREMIO RELATO CORTO 2017


“DE RECUERDOS Y REDES”

 

El sonido del despertador rompe el letargo en el que me encuentro sumida desde hace horas. Bajo el chorro de una ducha fría borro el rastro de una noche insomne y trato, sin éxito, de conseguir energía con un aguado café de cápsula.

Echo un vistazo alrededor y la frialdad de mi apartamento me hiela la sangre. Las paredes, huérfanas de toda decoración, me muestran un blanco que, de tan puro, me asusta. Los cuatro muebles por los que no siento ningún apego se quedan aquí, para que sea el próximo inquilino quien decida tirarlos y no yo. Dos cajas y una maleta en la puerta me invitan a llorar. No poseo nada. Me pregunto cómo puede una vida permanecer vacía por tantos años. Nadie siente mi partida, no ha habido fiestas de despedida ni lágrimas. Treinta y cinco años que caben en dos cajas y una maleta. No sé si estoy huyendo ante la soledad de una jubilación inminente o busco desesperadamente un balón de oxígeno que me enraíce de nuevo a la vida. Me siento aterrada, pero si ella muere antes de verla una última vez, no me lo perdonaría. Hecha un mar de lágrimas me escondo tras mis gafas de sol, coloco holgadamente la maleta y las dos cajas en el maletero y arranco con rabia el coche, culpándolo, o culpándome, por no haber deshecho antes este camino, antes de que fuera demasiado tarde.

Al cruzar la frontera que separa mi tierra del mundo, me doy cuenta de que treinta y cinco años son demasiados. Vuelvo con la misma ansia con la que las aves migratorias llegan a las marismas cada año. Huele a mar y a montaña, a lluvia. También a leña y a las manos agrietadas de mi madre peinando mis trenzas. El verde del paisaje es tan intenso que cobra vida, moviéndose al compás del cuentakilómetros de mi vieja tartana gris.

Paro en una gasolinera y, escondida tras las gafas de sol, pido las llaves del baño. Me lavo la cara y todavía mojada, me miro al espejo. Soy una mujer vieja, no tanto en años como en pasado. Marché. Huí incapaz de perdonarle al mar la muerte de mi padre. Ninguna de las dos supo gestionar la tragedia, pero la más cobarde fui yo. Él ya estaba muerto, pero a mi madre la ha ido matando mi ausencia lentamente, con crueldad. El dolor la obligó a olvidar, hasta que la enfermedad borró todo rastro de una memoria desgastada. Quizá no quiera verme, o ya no pueda reconocerme. Mirándome al espejo la veo a ella. Siempre nos parecimos, pero ahora, mis facciones parecen calcadas a las de la Mariuca que permanece en mi nostalgia.

Debo llevar horas desgastando la entrada de la residencia a golpe de pisadas nerviosas. No encuentro el valor. Unos pocos metros me separan de tocarla y mis manos parecen haberse vuelto de corcho. Respiro profundamente e inundo mis pulmones del aire frío de Santoña. Cruzo la verja a paso rápido, prohibiéndome la idea de desertar. Toco a la puerta y cuando estoy a punto de salir corriendo despavorida, me invitan a pasar. Me acompañan a una sala llena de personas que se vuelven invisibles ante mi indiferencia.

La adivino al fondo, en su silla de ruedas, frente a la ventana. Con pasos descoordinados por los nervios consigo torpemente llegar hasta ella. La distancia se me antoja interminable. Poco queda de aquella redera de naturaleza inquebrantable, no consigo contener las lágrimas. Me acerco a su oreja y me erizo al reconocer los pendientes que le regaló mi padre antes de que se lo tragara el mar. Se aferran a unos lóbulos cedidos por la edad.

“He vuelto a la tierruca, madre”, le susurro con una debilidad impropia de mí. No gira la cabeza, pero sus dedos inician movimientos automáticos y repetitivos, como cuando su vida eran las redes. Observo sus manos, maceradas toda la vida en el salitre del puerto, empapadas de humedad y deformadas por la artritis. La rigidez y el dolor de sus huesos no le permiten trabajar con soltura, pero recuerdo esos movimientos con los que hacía redes de más de ciento cincuenta metros, que a mis ojos de niña eran tan grandes que podrían cubrir toda la comarca de Trasmiera. Me acerco y le doy un beso en la mejilla, sobre una piel tan fina como el papel de fumar. Un solo beso me ha devuelto los recuerdos, la infancia. Siento un irrefrenable deseo de ovillarme a los pies de mi madre. Me siento en el suelo con dificultad y allí, apoyada en sus rodillas, lloro por fin la muerte de mi padre. Ella deja por un instante de tejer esa red en su recuerdo y acaricia a duras penas mi pelo con sus manos garrapiñadas. Sus caricias están llenas de amor y puedo sentir su perdón borrando treinta y cinco años de soledad.

Saca del bolsillo un pañuelo que, de desgastado, se ha vuelto ocre. Se lo pasa por los ojos secos, culpa de unos lagrimales en desuso. Reparo en su mirada, perdida entre los recuerdos de una memoria añeja. Sus ojos, enrojecidos por llorar ausencias que no eran ley de vida, conservan algunas despistadas pestañas. Son tan frágiles que, si soplara, saldrían volando para que yo pidiera un deseo por cada una de ellas. Deja el pañuelo reposar en sus piernas y observo que lleva bordadas mis iniciales. Pasa los dedos por ellas una y otra vez con movimientos repetitivos, como si tejiera una red sobre ellas para no dejarme marchar.

La enfermedad parece darle una tregua. Mientras acaricia ese pañuelo, pronuncia mi nombre. Me ha reconocido y, el acariciarme la cara, le ha hecho temblar la barbilla de emoción. No hay lágrimas que derramar, ya se las llevó el mar, pero coge mi mano y aprieta con toda la fuerza que su frágil cuerpo es capaz de reunir. Quiere hablar, pero las palabras le bailan en la boca. Hoy nadie se ha molestado en ponerle la dentadura, pues las encías absorben unos labios que han perdido definición. Un resto de saliva asoma por lo que parece la comisura de los labios y suelta mi mano para pasarse el pañuelo un instante y volver a aferrarse a mí con fuerza.

Respira profundamente y puedo ver cómo el aire se abre paso entre los pelos desordenados de su nariz. El recuerdo le trae el olor a pescado del puerto de Santoña, al Cantábrico, que huele a mi padre, porque mi padre es ahora del mar, tan bravo y manso a la vez que lo amo y lo temo a partes iguales. Recuerda el sabor de las anchoas, del salazón. Tan intenso es el recuerdo que se le ensaliva la boca. Levanto la cabeza y la imagen que encuadra el marco de la ventana parece una postal. Mar y montaña me acogen de nuevo. Mi madre, Mariuca, echa el cuerpo hacia delante y acerca la oreja a la ventana, parece estar escuchando las campanas trasmeranas de Santoña. Sonríe dejando asomar las encías a duras penas. Más que una vida, parece estar recordando siglos de historia, de nuestra historia. Sobran las palabras tanto como el perdón, pero algo se abre paso en el límite que separa su boca del exterior. Tardo unos segundos en reconocer los susurros algo inconexos. Tararea una canción que me pone el vello de punta. Es la que me cantaba cada noche antes de dormir, la que hablaba del amor indestructible de una madre que velaba los sueños de su niña, protegiéndola de todo mal. Con el puño me aprieto, arrugando la falda de mi madre hasta clavarme mis propias uñas y rompo a llorar como una chiquilla. Ella tararea acompañando mi llanto durante minutos, quizá horas.

Su mano va perdiendo fuerza progresivamente y me suelta, dejándome sola. Levanto la cabeza y veo esa opacidad en su mirada, esa que me hace presagiar que la tregua ha terminado por hoy, que la enfermedad se la ha llevado lejos de mí, porque a veces, ni siquiera las redes son capaces de atrapar los recuerdos.

 

CRISTINA NÚÑEZ MATE (Valencia)
3º PREMIO “V CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: Los Trasmeranos)