» 1º PREMIO RELATO CORTO 2018


EL VIAJE DEL CÉFIRO

 

No tengo nombre ni edad pero eso poco importa. Vivo en esta tierra desde hace mucho  tiempo  poblando  sus  bajas  montañas,  ubérrimos  pastos  y  bravíos  mares. Conozco esta comarca palmo a palmo, cada lugar, cada rincón…

Disfruto pasear por esta costa oriental cántabra; ora por un embarrado camino, ora por las frías montañas, otras veces por cualquier callejuca con gente o sin ella. Amo este lugar por sus olores: el que desprende la espuma del mar cuando rompe impetuosa contra la roca quebrada, el de la yerba recién cercenada por el dalle o el de la tierra empapada por las primeras lluvias de septiembre; pero también lo amo por sus colores: ocre en otoño, plomizo en invierno, verde en primavera, dorado en el verano.

Soy el viento que cada día peino los prados, rizo las olas y acompaño a las aves que surcan el cielo. En ocasiones tengo forma de deliciosa brisa pero otras veces soy cortante como la hiel, galerna en el litoral y tempestad en la mar. Me dicen viento gallego porque vengo de poniente y a mi paso empujo nubes que riegan esta tierra verde.

Ya viene amaneciendo y desde el mar voy apremiando con mi soplo a un pesquero que arribando al puerto de Colindres deja a su paso olor a salitre y bocarte. Bien lo saben las cien gaviotas que por encima revolotean esperando un bocado que nunca llegará. Sus graznidos y el monótono ronroneo de los motores alertan a un marinero de edad provecta que en el puerto se prepara para recibir los cabos del buque y así abarloarlo a los noráis del muelle.

 

– ¿Cómo fue la noche? –le pregunta al patrón mientras éste pone pie en tierra firme.

– Mucha mar y poca faena, lín –le responde con ademán de fastidio.

 

Apenas dejo atrás el puerto y remontando unos metros el río Asón, avisto el lugar donde estuvieron los astilleros reales y es aquí donde una sensación inefable de siglos pasados recorre mi ser. Puedo evocar con nitidez la botadura de grandes galeones de guerra, navíos de tres cubiertas y más de noventa cañones que defendieron nuestro país en tiempos de guerra. También recuerdo la construcción de la Santa María, la mayor de las Tres Carabelas que capitaneada por Colón pudo demostrar la finitud del océano. Yo fui el primer viento en empujar su velamen hacia unas tierras de las que jamás volvería.

Me acerco al pueblo y oigo el murmullo de sus gentes, el revuelo del mercado y el golpeo seco de los bolos. Cuatro mozos juegan al pasabolo con la ayuda de un niño que arma las maderas en la arcilla mientras un corrillo de vecinos comenta y aplaude las mejores tiradas.

Continúo soplando hacia el este, sereno pero con decisión. Laredo me recibe engalanado y florido, pareciera una ciudad en una primavera perpetua. Decenas de carrozas adornadas desfilan altaneras en torno a la Alameda Miramar y ante la atónita mirada del público que grita y vitorea. Dalias, margaritas y claveles de plúrimos colores son clavadas en el contorno de la escultura ofreciendo una colorida estampa a su paso. Los carroceros marchan no menos orgullosos: meses de pírrico trabajo que se verá marchito en tan sólo unos pocos días. Sus flores son efímeras pero su arte inmarcesible.

Apenas me alejo del ajetreo de la Batalla, descubro una playa con forma de media luna a la que no encuentro fin. Esta arena bruñida por un mar leve y acompasado me hace recordar sucesos pretéritos que aquí tuvieron lugar. Hace ya más de cinco siglos que Carlos V, emperador entonces de medio mundo, hundió su pie en este arenal. Debía frisar los cincuenta y cinco años de edad, si no los sobrepasaba, tenía una gota avanzada, las fuerzas mermadas y el carácter agriado. Viajaba en una nao distinguida de tres gavias que yo mismo acompañé grácilmente desde Flandes.

Dicen que a su llegada, tras solventar algunas tempestades y otros infortunios en la mar, el monarca musitó: “me salvé”, quedando bautizada desde aquel momento la playa en la que desembarcaba y que yo ahora sobrevuelo. La nao que utilizó en su viaje, empero, zozobró en el puerto aquella misma noche debido a la fuerte galerna que azotó el litoral. Una vez más y como tantas otras veces, el mar aplicaba su rigurosa ley sin distinguir a quién, hostigando lo mismo el esquife de un humilde pescador que el bajel del mismísimo rey de las Españas.

Me entretengo recorriendo las rúas y plazuelas de la Puebla Vieja, la muralla medieval que desde entonces la abraza, sus casas de piedra con insignes blasones y las tabernas de techos bajos de madera en donde se reunían y reúnen almas pejinas de cualquier suerte y condición. Dejo atrás monasterios y ermitas y subo por Ruamayor para perderme entre sabrosos olores que invitan a pararse. Antes de llegar a la Puerta de la Blanca giro a la izquierda para encontrarme con la iglesia de Santa María, estoica al paso del tiempo, lugar de veneración pero también de socorro cuando corsarios y demás bribones  extranjeros  asaltaban  los  puertos  de  la  costa  practicando  el  latrocinio  y haciendo gran destrozo entre la población.

Asciendo por caminos pindios hasta la Atalaya en donde recorro las ruinas del Fuerte del Rastrillar levantado por los franceses para defender la ciudad. Desde aquí salto al vacío y mientras caigo contemplo inigualables vistas: el mar a un lado, la playa al otro y un triste Puntal ahogado por el peso de tanto cemento y ladrillo.

El sol marca el mediodía en el cielo mientras continúo sintiendo el litoral a mi paso, allí donde la costa se vuelve más abrupta, más quebrada. Una enorme pared sujeta la Peña de San Julián que hace equilibrios imposibles para no precipitarse al mar. A sus pies esconde una pequeña cala que parece haber sido sacada de una historia de piratas y corsarios pues bien podría ser éste lugar para esconder un buen tesoro.

Salvando  los  altos  acantilados,  vuelo  hasta  el  húmedo  y  hermoso  Valle  de Liendo. Me reconforto en la tranquilidad que desprende este lugar, recorro veloz y entusiasmado todos sus caminos y jugueteo con las yerbas y hojas de los árboles que me susurran palabras que sólo yo entiendo. Distingo escudos en las casonas del Valle que me hablan del pasado hidalgo y linajudo de sus vecinos. Camino por Hazas admirando casonas montañesas, torres, palacetes, portaladas, casas de indianos y lujosos chalets modernos. Pese al eclecticismo, todo se aviene en una cuidada armonía que refleja el mimo y lucidez de sus lugareños.

En los barrios de Rocillo y Sopeña coincido con dos peregrinos que caminan hacia Santiago y que me permito ayudar con un suave viento a sus espaldas. Sus rostros fatigados muestran el cansancio de la jornada y sus abultados equipajes menguan un andar flébil y quejoso. Su sino, sin embargo, les conduce hacia adelante, convirtiendo en verdad aquel verso del poeta: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

 

– Cuánto viento hace por aquí –dice uno de ellos.

– Sí, pero empuja por la espalda –responde el otro.

 

En seguida me topo con una mole de piedra inconmensurable de formas filosas: es el Monte de Candina. Recorro sus pequeñas hoyas pobladas de hayas y encinas y vuelo hacia los Ojos del Diablo que se abren en la roca como dos ventanas al mar. Paso sibilante por debajo de los arcos y respiro de nuevo el olor del agua salada. Allí abajo la playa de Sonabia parece apenas un grano de arena comparada con el tamaño de la montaña.

Y cuando menos me lo espero un ave de gran envergadura me saja en dos. Aprovecho la circunstancia para subirme a sus lomos y deleitarme con el planeo de sus alas que apenas se mueven. Descubro asombrado otra gran cantidad de buitres que también sobrevuelan los acantilados. Pareciera que van a estrellarse contra la roca pero en el último momento hacen alarde de su pericia y continúan el vuelo. Se mueven sigilosos, flemáticos e impasibles buscando con su aguda mirada la deliciosa carroña de alguna alimaña a la que devorar.

Ya veo el arenal de Oriñón y en uno de sus costados presencio la muerte del Río Agüera que besa sus aguas dulces a las saladas del mar, cerca de donde las olas han dibujado con capricho una ballena de piedra. A mi paso hago tintinear las jarcias de un balandro fondeado entre unos islotes que dan nombre al recoleto pueblo contiguo. Entre sus aguas, un modesto puerto esconde no más de dos o tres viejos bateles que permanecen varados y sin calafatear, con la quilla al sol y adarce en sus cuadernas, resistiéndose a que la podredumbre roya definitivamente sus esqueletos de madera.

Sobre Islares otra montaña hercúlea se erige impetuosa. Desde sus lomas veo saltar temerarios parapentes de colores a los que conduzco dócilmente para deleite de sus pilotos. Paso por Cerdigo y luego por Allendelagua, en donde caballeros templarios levantaron una fortaleza de la que apenas quedan sus últimos vestigios.

Por Urdiales voy entrando en Castro donde sonidos sinfónicos me conducen hacia Los Jardines, un pequeño parque donde la música  nace de los árboles y las plantas. Una figura pétrea en el centro de la plaza parece moverse al compás de las notas que suenan y sus manos que otrora dirigieran las mejores orquestas de Europa, empiezan a tomar vuelo para dibujar bellas melodías en el aire.

Soplo vehemente en la Calle Ardigales, más tarde en la Rúa y luego en la Correría en donde me mezclo con la multitud que se arremolina en las tascas y demás puntos de encuentro. Uno que saluda al vecino, aquél que sale de una casa, el otro que comparte la última noticia del pueblo… La bonhomía de sus gentes, el desparpajo en el habla y un genuino acento que entona cada pregunta, son suficientes para distinguir al verdadero castreño del que no lo es tanto.

El bullicio me conduce hacia la zona del puerto donde cientos de marmitas son cocinadas a fuego lento para presentarse ante el jurado. Es el día de La Asunción, día grande en el pueblo y la muchedumbre disfruta de la jornada festiva revelando que los castreños son ante todo gente de compartir la fiesta con la calle.

Soplo hasta la iglesia de Santa María y me recreo al pasar bajo los arbotantes, recorriendo la forma de sus pináculos y filtrándome entre hermosas vidrieras. Las milenarias piedras claman una pronta rehabilitación que evite su conversión en polvo y arena. El edifico, sin embargo, no ha perdido su boato, más aún,  hoy parece más catedral que nunca.

Recorro ahora las ruinas de la ermita de San Pedro, las almenas del viejo castillo con su faro en lo alto, el puente romano, el rompeolas y Santa Ana, allá arriba en el peñasco. Desde aquí avisto una trainera de color bermejo que boga con denuedo por la bocana de la bahía buscando el abrigo del malecón tras el que poder aliviar el esfuerzo.

Anhelo permanecer más tiempo en este lugar pero debo seguir mi recorrido hacia el este en donde encuentro playas repletas de veraneantes que apuran los últimos rayos de sol. Contemplo el cargadero de Mioño, vetusto y quejumbroso, testigo de otros siglos más vigorosos, a punto de vencer su peso al mar, desesperado de tanto esperar.

Pronto llego a Saltacaballos y al acariciar esas lomas silentes recuerdo que no hace mucho tiempo estuvieron pobladas de ruidos de pico y pala, explosiones de dinamita y gritos de minero. Siento a mi paso las cicatrices que l a época industrial dejó en esta montaña horadada de túneles y galerías. Veo en aquellos montones de escombro la ambición de unos pocos y el sudor de muchos.

Llego al final de mi viaje en el pueblo de Ontón y subo hasta El Haya donde miro tras de mí para contemplar el camino recorrido. El arrebol en el cielo ofrece un bello crepúsculo acentuado por unos débiles rayos que ya fenecen. El mar se obscurece pero la luna asoma entre las nubes del horizonte rielando nuevas luces y reflejos.

La inmensidad de la noche lo recubre todo, de una punta a la otra y los sonidos de la vida se enmudecen hasta alcanzar el conticinio. Es en este preciso momento cuando se escucha mi silencio en esta tierra, rumbo al este, rumbo al nuevo día que ya se intuye y acontece.

 

DANIEL ANGULO PICÓ
1º PREMIO “VI CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: La costa oriental de Cantabria)