» 2º PREMIO RELATO CORTO 2018


LA GALERNA

 

Llovía, como siempre.

Las gotas resbalaban por los cristales en largas lágrimas de polvo y desazón. Llovía, como siempre. Y, como siempre, traineras y vapores descansaban en la dársena, protegidos de los embates del Cantábrico por diques y oraciones. Tiritando bajo el grosor de las mantas, sudando y maldiciendo el paso del tiempo, el viejo Anselmo se dejaba arrullar por los sonidos que marcaron su existencia, una existencia cuyo desenlace, conocido y repudiado desde siempre, le rozaba el rostro con el hielo de su aliento.

A través de las estrechas rendijas de los párpados intuía la presencia de su nuera, una silueta callada, difusa bajo lágrimas resecas, que velaba sus últimas horas con la fidelidad de quien nunca supo anteponer sus anhelos a los de sus seres queridos. Una sonrisa trató de abrirse camino entre las grietas de los labios. Su hijo tuvo suerte. Una suerte inmerecida, pensó mientras la sonrisa se diluía bajo el peso del ayer.

Quizá Magdalena intuyó algo de esa desazón, porque abandonó la silla para posar una mano olorosa a pescado y recuerdos sobre su frente.

 

—La galerna. La galerna… —susurró con los restos de una voluntad vencida.

—Esté tranquilo, Anselmo. No hay galerna hoy— su mirada buscó el lomo del océano, revuelto al otro lado del rompeolas —solo lluvia. Como siempre— concluyó buscando el perfil de Santa María que, entre sombras y bruma, le pareció más ceñudo, más amenazante, que protector.

 

Tenía dieciocho años cuando atravesó por vez primera el portón de la catedral. Acostumbrada a la recogida paz de la iglesia de Santa María de Llovera, la grandiosidad de aquella construcción fortificada, erguida sobre el Cantábrico como el eco de un pasado perdido, le hizo sentirse insignificante, no importaba que todas las miradas estuvieran pendientes de su paso ni que el vestido regalado por sus suegros, brillante bajo el destello de los cirios, fuera la confirmación en paño y seda de los sueños nupciales de toda joven.

Veinte años después, contemplando desde un dormitorio hediondo a muerte y senectud las líneas robustas de la iglesia, recordó el día de su boda, recordó la felicidad que desbordaba el rostro de Mariano y algo agrio como la hiel se cerró en torno a su garganta.

Magdalena era la única hija de unos agricultores sin tierra ni futuro cuyo caserío de Otañes se desmoronaba bajo el paso del tiempo y la miseria. Mariano, el primogénito de uno de los industriales más preeminentes de la comarca. Para Magdalena, el porvenir era el tiempo que mediaba entre comidas. Para Mariano, el porvenir hablaba de mecanización, de artes nuevas para la pesca, de conserveras y comercialización. Que el soltero más deseado se enamorara de una moza que, cada día de mercado, arrastraba hortalizas desde la montaña como quien carga su destino, era improbable. Que, apenas confirmado  su  interés,  los  padres  de  Magdalena  la  empujaran  a  un  matrimonio indeseado fue, en cambio, previsible.

Como previsible fue que, durante la ceremonia, dedicara menos tiempo a su esposo que a buscar entre los feligreses la espigada silueta de Domingo.

El  viejo  Anselmo  dormía  un  sueño  trenzado  de  dolor  y  pesadillas.  Cada ronquido parecía un estertor, cada jadeo un adiós definitivo. Consumido por una fiebre que los paños humedecidos no podían contener, deliraba aferrado a la manta con la endeble fe de quien se aferra a los restos de un naufragio.

Y Anselmo sabía de naufragios.

Asomada a la ventana, dejando que por el lienzo de sus recuerdos resbalaran las gotas quebradizas del cristal, Magdalena contemplaba la calma buscada de la dársena y la impotente furia del temporal. Eran muchas, demasiadas las tardes gastadas así, vigilando el Cantábrico con un nudo en la boca del estómago y una oración ansiosa en los labios en espera de ver a la Virgen del Carmen doblar por la bocana.

La Virgen del Carmen. La trainera de Domingo.

Mariano era un buen hombre. Un mozo grande y sencillo, demasiado sencillo para ser el heredero de una de las fortunas más pujantes de la costa cántabra, demasiado bueno para una mujer que soñaba con las caricias de otro hombre. Dueño de dos de los vapores recién llegados a Castro, dos buques de 15 metros de eslora y máquinas bajocubierta capaces de imponerse a la fuerza de las peores marejadas, solía patronear el Urdiales, el más pequeño, a pesar de que su padre nunca dejó de insistir en que no era bueno mezclar su trabajo con el de los pescadores. Pero Mariano necesitaba sentir el salitre en el rostro, necesitaba comprender lo que sufrían, y disfrutaban, los marinos a su cargo para, contra la opinión del resto de industriales, responder con justicia a sus demandas.

Fue así, mezclándose entre pescadores y rederas, haciéndose uno con quienes entregaban a la mar lo mejor de sus vidas, como supo que su esposa se encontraba cada tarde  con  el  hijo  del  dueño  de  la  Virgen  del  Carmen,  una  de  las  traineras  más destartalada de la villa.

No hizo nada. El miedo a perder a Magdalena fue más fuerte que la humillación de saberse señalado por la espalda por quienes encuentran en el dolor ajeno consuelo a sus miserias. No hizo nada en espera de que algo cambiara.

Todo cambió una tarde de agosto de 1.912. Los dos esposos paseaban por el muelle, protegidos del sol y las miradas por sombreros de ala ancha y discreción buscada. El sudor tintaba cercos en su ropa, resbalaba denso por sus frentes y esculpía en las mejillas surcos que podrían confundirse con lágrimas de incomprensión. Pero era sudor, el mismo que corría por los rostros ajados de las mujeres que remendaban redes sin perder de vista la bocana por donde debían regresar los pescadores.

Sucedió en unos minutos. El viento, una brisa suave, inusualmente cálida, roló al norte, y un vendaval de hielo hizo ondear las faldas de las rederas y estremecer sus corazones. Aterradas, dejaron lo que estaban haciendo y, el ancestral miedo a los elementos royendo sus vientres, se acercaron a la orilla.

No era extraño que días tan calurosos como aquel terminaran en tormenta. El bochorno extremo del final de la tarde y un repentino descenso de la temperatura eran señal inconfundible de la formación de una galerna en alta mar.

 

—Pero el viento no puede enfriarse tanto en tan poco tiempo— susurró una voz trémula, inútilmente asida a una esperanza que comenzaba a resquebrajarse. Lejos, sobre la línea del horizonte, las nubes se agrupaban dibujando una sombra gigantesca que se precipitaba sobre la costa. El océano comenzó a revolverse, a golpear el frontal del rompeolas, y la espuma les salpicó mucho antes de que la tempestad desplegara todo su poder. La lluvia barrió los tejados, los diques y a las irreductibles mujeres que, firmes a pie de puerto, luchaban por distinguir bajo el resplandor azulado de los relámpagos la silueta de los botes enfilando la bocana.

 

La noche se cerró como un sarcófago, llena de muerte y desolación. Despertaron las sirenas, y sus bramidos angustiados salieron a enfrentarse con los truenos. Decenas de fanales se desperdigaron a lo largo del espigón en una batalla desigual por mostrar a las traineras la ruta de regreso. Todas sabían que alguna quedaría atrás. Todas sabían que semejante galerna, capaz de alzar el mar por encima de los balcones más próximos al acantilado, cobraría su tributo en vidas y porvenires. Todas tenían un hijo, un padre, un marido, fuera del abrigo del puerto.

Magdalena tenía un amante.

Cuando se giró hacia Mariano, la lividez de su rostro y el pánico que nublaba sus pupilas fue mensaje suficiente. Él sintió el frío de la certeza cerrarse sobre sus esperanzas: la certeza de que lo de Domingo no era un capricho pasajero. Ella comprendió que él lo sabía.

 

—¡Por favor! ¡Te lo ruego! Vete a buscarlos. El vapor puede enfrentarse a la galerna, pero la trainera de su padre no tiene ninguna posibilidad en este infierno. ¡Por favor! Y te juro que jamás volveré a verlo.

 

Desde el calor del dormitorio, las olas que estrellaban su frustración contra los diques se le antojaban embates inofensivos de un mar vencido por la pereza. A través de los cristales velados, Magdalena contemplaba la marejada, pero en el envés de su mirada permanecía impresa la imagen del Urdiales saliendo por la bocana, Mariano al timón, las máquinas rugiendo mientras el vapor se lanzaba contra una galerna nacida del averno. Entonces, aterrada y confundida, Magdalena sintió por vez primera que amaba a ese hombre a quien bastó cruzarse de brazos para acabar con su rival y, sin embargo, prefirió jugarse la vida por la felicidad de una esposa infiel.

Y cuando, horas más tarde, los focos recortaron bajo la lluvia el perfil recio del Urdiales, sintió que lo amaba aún más.

 

—La galerna. La galerna…

 

Los gemidos del viejo Anselmo le arrancaron de la ventana, de los rescoldos de lo perdido para siempre. Del pasado irrecuperable donde permanecía encerrada veinte años después del regreso del vapor. Tomó asiento junto al anciano, enjugó el sudor de su frente y dejó que su mano, deforme de años y trabajo, se cerrara sobre la suya buscando un último tacto de este mundo. Recordó la primera vez que lo vio, firme y extenuado  al  timón  del  Urdiales. Recordó  la  angustia,  el  sudario  de  su  vestido empapado, el terror al comprender que, sobre cubierta, solo había dos marinos: el viejo Anselmo, y su hijo Domingo.

Mariano nunca regresó.

Hubo misas. Hubo homenajes, muestras falsas de condolencia, abrazos vacíos de quienes la culpaban sin palabras. Mariano pasó a formar parte del santoral laico de la villa marinera, parte del propio litoral en la forma de un monolito sufragado por el pueblo al borde mismo del acantilado, parte de la épica de un pueblo acostumbrado a la furia del Cantábrico.

Pero nada pudo consolar a Magdalena, viuda el mismo día en que comprendió cuánto amaba a su marido

 

—La galerna— insistió Anselmo tratando de incorporarse.

—Descanse, Anselmo, descanse— susurró arropándole con el cariño de una madre sin hijos.

—No— Con la fuerza de un último estertor, cerró la mano sobre la muñeca de su nuera. —No puedo descansar. No puedo. — Boqueó como un pez fuera del agua, angustiado como quien llega tarde a un desenlace. —No puedo. Tu marido… — a través de los huecos negros de sus dientes resbalaba una saliva densa que goteaba despacio sobre el brazo inmóvil de la mujer. —Tu marido no se ahogó. Domingo lo mató— Gimió, tomó aire, y se derrumbó sobre la almohada —Mariano nos salvó la vida, y mi hijo lo empujó al agua. — Sus ojos se cerraron despacio, velados de cáncer y remordimientos. —No puedo descansar. Nunca pude. Nunca.

 

Al otro lado de la puerta, los escalones crujieron bajo el peso de unas botas, botas sucias de pescador arrastrando cansancio y hastío. La lluvia golpeaba los cristales en un llanto mudo mientras, expiados su pecados, Anselmo exhalaba su último suspiro y, en algún lugar imposible y repetido, un vapor conducido por un solo hombre seguía enfrentado la galerna.

 

JAVIER DÍEZ CARMONA
2º PREMIO “VI CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: La costa oriental de Cantabria)