» 3º PREMIO RELATO CORTO 2018


LLUVIA EN LA ENCRUCIJADA

 

Era un día oscuro, así como su ánimo. Nubes densas poblaban el cielo de Castro Urdiales y las lluvias, aunque esporádicas, eran intensas y llegaban a empapar a los viandantes poco precavidos que no habían creído necesario el llevar un paraguas encima. Era un día más de aquella semana, una gran borrasca pasaba por todo el norte de la Península, dejando precipitaciones en forma de lluvia o granizo y fuertes vientos.

David se acababa de levantar, se había puesto el albornoz y ahí estaba, tiritando frente a la ventana cuando un escalofrío le recorrió de pies a cabeza al recordar la pesadilla de la que acababa de despertar. Su mirada atravesaba el cristal, la lluvia y el Parque Amestoy y se perdía en el mar, buscando la calma que en él siempre encontraba. Las imágenes eran confusas y cada vez más borrosas e inconexas. Por una parte quería dejar de pensar en ello para que así cesara esa sensación que se había apoderado de su cuerpo. Sin embargo, esa sensación era lo único que aún le conectaba, de una forma casi mística, a esa sucesión de proyecciones oníricas que su mente había creado, y que, ahora que había despertado, poco tardaría en olvidar.

David llevaba mucho tiempo esperando ese día, con alegría e impaciencia al principio, que pronto había mutado en estrés y ansiedad, transformando esa espera que debía ser un jardín de flores y sonrisas, de promesas y caricias, en una agonía lenta, como la del reo que espera a la silla. Y al fin había llegado. Aquel día la vida de David cambiaría drásticamente, eso lo sabía; pero si le hubieran preguntado, jamás habría sabido decir dónde estaría ni cómo se sentiría cuando la luna sustituyese al inexistente sol en el cielo. Aquel día era el día de su boda.

De repente, David sintió una intensa sensación que lo impulsaba a salir a la calle, a su Castro Urdiales natal, en el que tantos buenos momentos había vivido. Necesitaba sentir sobre su piel una vez más la fría lluvia que tantas veces le había mojado, sentir cómo lavaba su cuerpo y su espíritu. Sabía que, después de ese paseo, fuera cual fuera su decisión, sería la correcta.

Salió de casa y se dirigió hacia el ayuntamiento, llevaba puesto un abrigo pero nada en el mundo podría haber hecho que se pusiera la capucha. Era sábado y las calles estaban desiertas, lo que a David le pareció consecuencia de la combinación de hora y clima. El único sonido en el Ayuntamiento era el de las gotas rebotando irremediablemente contra los tejados y el suelo, y serpenteando por las pedregosas calles para finalmente encontrarse de nuevo con el mar y fundirse con el furioso oleaje, que ponía el contrapunto perfecto acompañado por algún que otro graznido de gaviota que completaba la melodía. Los barcos del puerto se mecían considerablemente llevados por la marea, desde pequeños botes de pesca a veleros y lanchas de mayor longitud de eslora. A lo lejos, David pudo divisar la barca de su abuelo, Sofía, llamada así en memoria de su abuela. No era la embarcación más imponente ni la más bonita, pero al verla, todas las madrugadas pescando con su abuelo volvían a su mente, evocando esa emoción infantil que provoca lo desconocido, lo inexplorado.

Algo más calmado, David se centró en la materia que lo ocupaba. Ese día tendría que decidir entre dos mujeres: una de ellas era su prometida, Adriana. De origen brasileño, Adriana representaba todo lo que una mujer podía darle. Era inteligente, cariñosa y con un sentido del humor mordaz que nunca dejaba de sorprenderle. Su sonrisa llevaba implícita una promesa y su pelo castaño era brillante y olía como una tarde de verano en la playa. Sus ojos verdes  le miraban como nunca antes le habían mirado y su piel era cálida y de color avellana y al tocarle, era capaz de excitarle hasta unos límites que antes él creía inalcanzables. Su amor era sencillo y sincero, humilde y precioso.

El amor que le daba la segunda mujer era diferente, era mucho más primario, mucho más evidente, era salvaje y antiguo, profundo e inabarcable. Ella le conocía mejor que nadie y no importaba cual fuera su tormento, siempre conseguía calmarle. Era sabia consejera; con sólo alzar la mirada y fijarse en ella, era capaz de tocar en su corazón y enfriarlo, permitiéndole analizar y decidir sin miedo a equivocarse. Y era hermosa, era hermosa como una noche de luna llena.

La decisión se le antojaba imposible, eligiera a la que eligiera, una parte de él se quedaría con la que dejara atrás. Era la enésima vez que llegaba a la misma encrucijada, y por enésima vez se iba a dar la vuelta antes de elegir uno de los dos caminos que ante él se encontraban. Intentaba hacer comparaciones, pero ellas no se podían comparar, intentaba hacer una lista de pros y contras, pero solo quedaban pros cuando terminaba de redactarla… Era la decisión que llevaba demasiado tiempo posponiendo, siempre presente en un rincón de su cerebro, convirtiéndose en una carga que estos últimos meses lo había transformado en una sombra del hombre que era, marchitando y tiñendo de depresión todo lo que tocaba.

Hoy ese David mustio y dubitativo quedaría en el pasado. La boda con Adriana era lo único que lo devolvía a la realidad. Si no decidía antes de las doce del mediodía, la vida, enfundada en un traje de novia, se encargaría de decidir por él. Y no podía permitirlo, ninguna de esas dos magníficas mujeres se merecían algo así.

Debía ser valiente y poner fin a sus dudas. Antes de volver a su casa, habría aclarado sus ideas, o eso quería creer…

Paseó a buen ritmo por todo el rompeolas y dio la típica patada en el paredón antes de girar ciento ochenta grados, para después subir las escaleras y emprender el camino de vuelta por el lado más elevado. Desde allí la panorámica era envidiable: a un lado todas las embarcaciones del puerto y el paseo marítimo; al otro, la inmensidad del cantábrico, con sus tonos índigo y blanco, allí donde había espuma creada por el oleaje, que rompía impetuoso contra la larga pared creada con ese propósito.

Al frente los símbolos de su querido pueblo se alzaban poderosos, al igual que los recuerdos que consigo traían: la ermita de Santa Ana, un enorme peñasco que emergía del mar, con un balcón a unos cinco metros desde el que David y sus amigos solían saltar cuando eran más jóvenes, coronado por un segundo balcón aún más alto con un tejado rojizo sobre el que siempre había posada alguna gaviota. A su derecha el puente romano desembocaba en el castillo del faro que se alzaba desafiante al borde del acantilado. Quimera entre fortificación y guía para los navegantes extraviados, estaba construida para cumplir ambas funciones. Cuatro altos muros y cuatro sendos torreones protegían celosamente el torreón interior, que sobresalía por encima de los demás y dibujaba un camino de luz en el cielo, que se podía ver en intervalos fijos, conforme el sistema de alumbrado daba una vuelta completa. Cuando estuvo más cerca, David escudriñó los muros en busca de las muescas provocadas por balas de cañón que sabía que en ellos se encontraban. Imaginando las batallas que debieron librarse en ese mismo escenario se giró para enfrentar el lugar en el que debía ser su boda.

De estilo gótico, la catedral de Santa María era un inmenso monumento que para David siempre había estado rodeado de un halo de misterio. Formada por tres naves, fue la primera catedral gótica de la costa cantábrica. Su belleza era extraña y compleja; la primera parte era la más obvia y la descubrías si te fijabas en los numerosos arbotantes, en las gárgolas y animales tallados con esmero, en las vidrieras recibiendo los rayos de sol si los hubiera, pero por supuesto no los había. Para apreciar la segunda belleza había que ser un observador experimentado; se basaba en alejar un poco el punto de vista y fijarse en el conjunto, no sólo en la catedral como unidad, para poder admirar ese marco incomparable que David se sentía orgulloso de poder llamar hogar. Por último, la tercera belleza era sólo para aquellos que habían pasado largas tardes observándola, para aquellos que habían fabricado recuerdos en torno a ella. Esta última y preciosa belleza residía en lo más profundo de la antigua piedra. Emanaba de ella y no era algo que pudieras ver. Más bien era algo que se podía sentir en el tañido reverberante de las oxidadas campanas, en la solidez de los cimientos. Era la belleza de un testigo de valor incalculable de las peripecias del hombre a lo largo de los siglos; y que, siguiendo el plan establecido, también sería testigo de su unión con Adriana.

David avanzó por la plaza situada entre estos dos gigantes enfrascado en su lucha interna. Llegó al acantilado, franqueado por un muro, y fijó su mirada en el horizonte, ese punto en el que el mar y el cielo parecían tocarse y al que jamás podría llegar.

Su cabeza echaba humo en el momento que dejó de llover. No obstante, David estaba abstraído, su cuerpo estaba allí, pero él estaba en otro lugar. Estaba en su horizonte particular, en el que las dos mujeres de su vida parecían tocarse, parecían poder coexistir, parecían entender que él estaría incompleto sin alguna de las dos… pero David sabía que jamás podría llegar a él. Como el horizonte, era un lugar irreal, mágico, imaginario…

Por un instante se pasó por su cabeza tomar el camino fácil y no decidir. ¿Qué clase de futuro le esperaba si tenía que renunciar a una de ellas? Tenía ganas de gritar, de llorar, de saltar y acabar con todo. ¿Qué mejor forma de morir que en el mar que tanto amaba?

Cuando se dio cuenta de que había dejado de llover, el sol se abría paso en el cielo abarrotado de nubes. David cerró los ojos y sintió el agradable calor en su piel. Cuando los abrió, el espectáculo ante él hizo que se le erizasen todos los pelos del cuerpo. El sol, al posarse en el mar despedía miles de brillos en todas direcciones que le hipnotizaron. Sobre el agua, un arcoíris incompleto decoraba el cielo mientras varias gaviotas planeaban y otras tantas estaban posadas en la superficie. Las olas rompían contra el acantilado, y las gotas que salían despedidas, proyectaban toda clase de colores al ser atravesadas por la luz solar. Esta era la magia de su tierra, era un argumento inapelable.

Densas lágrimas comenzaron a resbalar por la cara de David, pero en su expresión no se divisaba ni un atisbo de tristeza. Era la expresión decidida y resuelta de quien al fin sabe lo que quiere. Era la expresión triunfante de quien ha tomado una decisión.

De repente, un frenesí imparable invadió su cuerpo y echó a correr. Tenía que comunicarle a Adriana su resolución. No sería fácil ni rápido, pero ella se merecía todas las explicaciones que él podía darle. No sabía si lo entendería, pero no podía ir con ella a Brasil tras la boda, no podía dejar atrás a la que ahora sabía que era el amor de su vida.

Ella era verde y armoniosa, dadivosa y exuberante. Era cada grano de arena, cada gota de lluvia, cada brizna de hierba; era su hogar y era infinita. Su nombre era Cantabria, y nunca la abandonaría.

 

PEDRO ENRÍQUEZ GÓMEZ
3º PREMIO “VI CONCURSO DE RELATO CORTO” (Tema: La costa oriental de Cantabria)